Suena raro, y más en el mundo del deporte. Pero no se trata de un invento extraño ni nada por el estilo. El deporte ha evolucionado años luz en infraestructura, técnica, táctica, preparación física, alimentación, medicina y demás, pero, curiosamente, cada vez se habla más de jugadores con problemas de concentración, anímicos, grupos divididos y de fallas en los fundamentos básicos del juego. Y el Coaching o Entrenamiento Personalizado viene a poner su granito de arena para solucionar esas falencias.
El entrenamiento mental no es novedad en el deporte mundial. Los gran
des lo usan, porque potencia su capacidad para manejar el stress (para llegar en optimas condiciones a la competencia), dominar la ansiedad (lo que permite tomar mejores decisiones en el campo de juego), optimizar la capacidad de foco (que posibilita estar metido cien por ciento en el entrenamiento o partido), así como también desarrollar mecanismos que permitan potenciar la automatización de movimientos, conectarnos con viejas capacidades o habilidades olvidadas o emparentarnos con nuevos movimientos a partir de técnicas de visualización.
Este entrenamiento mental, trabajado paralelamente al aprendizaje o reaprendizaje de fundamentos y secretos del juego, potencia hasta limites inimaginables la capacidad del jugador, joven o adulto, amateur o profesional, que consigue herramientas que lo convierten en un jugador más completo y le permiten disfrutar más de lo que tanto le gusta hacer: jugar.
Los valores, como el espíritu de equipo, el respeto y la humildad; el afán de superación y la autocrítica, son algunos de los atributos que hicieron grandes a los que hoy consideramos grandes, y el vertiginoso día a día que lleva a los entrenadores a pensar en sistemas tácticos por encima de los fundamentos, también empuja a dejar de lado esos momentos y charlas tan necesarios para transmitir esos valores.
La realidad obliga a que el día a día sea así: rápido, sin mucho tiempo para invertir en esas cosas, y el Entrenamiento o Coaching Personalizado puede ser la herramienta ideal para complementar ese aspecto formativo o de perfeccionamiento que te está faltando. Hablando de básquet, específicamente, en la NBA, son las estrellas las que utilizan este tipo de servicio para potenciar su juego de una temporada a la otra; y del otro lado del mundo, en Serbia, los jugadores complementan la formación personal que reciben en los clubes concurriendo a Academias, en las que trabajan sobre fundamentos y valores esenciales para tener una mejor respuesta dentro de la cancha.
El mundo veloz y competitivo de hoy exige cada vez más la búsqueda de herramientas y sellos distintivos que nos permitan marcar la diferencia, y a veces, ese plus está en las cosas más sencillas…
El Entrenamiento o Coaching Personalizado es una Propuesta Diferente para potenciar el crecimiento y desarrollo de jugadores profesionales y en formación...
¿POR QUE?
Porque el día a día lleva a que el jugador no siempre tenga tiempo o la guía necesaria para hacer trabajos de perfeccionamiento.
¿QUE OFRECEMOS?
Trabajo Personalizado para entrenar cuerpo y mente para potenciar virtudes y corregir defectos.
¿COMO?
En el Campo de Juego, para corregir y sumar fundamentos y aprender secretos en situaciones concretas; y en el Gabinete, para destrabar bloqueos mentales que pudieran atentar contra nuestras potencialidades, y familiarizarnos con técnicas que puedan ayudar a conseguir concentración y foco y manejar el stress en diferentes situaciones.
¿A QUIENES VA DIRIGIDO?
A jugadores y jugadoras, profesionales o en etapa formativa, sin distinción.
OBSERVACIONES
El Coaching Personalizado no es un invento nuestro. En la NBA, estrellas como Chris Paul, Kobe Bryant o Carmelo Anthony, por citar solo algunos ejemplos, recurren a los Coachs o Entrenadores Personales (como Idan Ravin) para realizar trabajos específicos de perfeccionamiento.
Nosotros queremos ir más allá, sumándole a los trabajos de campo con pelota ejercicios y trabajos para potenciar al deportista en la faz personal, introduciéndolo en conceptos como el entrenamiento mental.
¿QUIENES SOMOS?
Gabriel Cocha
Basquetbolista Profesional con 23 años de trayectoria en la Liga Nacional, en la que vistió las camisetas de Boca, Obras, San Andrés, Regatas y Belgrano de San Nicolás, Ciclista Olímpico de La Banda y Gimnasia y Esgrima de Comodoro Rivadavia, con el que obtuvo el título en la temporada 2005 - 2006.
Seleccion Argentina entre 1987 y 1997.
Germán Diorio 
Psicólogo, Especialista en Deportes y Manejo de Grupos. Actualmente junto al Plantel Superior de Basquet de Velez Sarsfield. Con más de 20 años de trayectoria en el mundo del deporte, como psicólogo o periodista (trabajó en TyC Sports, Torneos y Competencias y Diario Crónica), realizando coberturas de Mundiales (basquet 90 y 06), Panamericanos, Preolímpicos y Eliminatorias de diferentes deportes.
Usted seguramente habrá escuchado frases como éstas: “El grupo está realmente motivado, los muchachos no ven la hora de salir a la cancha”; “los clásicos son partidos aparte”; o “esa cancha es un karma para nosotros, nos cuesta mucho ganar ahí”. ¿Las reconoció? Si, y sin lugar a dudas, ya estará pensando en unas cuantas más. Frases célebremente gastadas, pero que no hacen otra cosa que reflejar, a través de un lugar común, lo que está sintiendo el deportista en los momentos previos a la competencia. Obviamente, hablamos de la motivación, tema del que se ha dicho y escrito mucho, pero del cual se ha esclarecido muy poco.
“Este partido es crucial. Tenemos delante el peor rival que nos podría tocar, por lo que vamos a tener que dejar en la cancha hasta la última gota de sudor si queremos ganar, porque sino…”. 
El cielo o el infierno. Sin segundas opciones. Tal y como parece dictaminarlo una sociedad profundamente resultadista, en la que prácticamente no hay lugar para los segundos, ¿no
El mandato trae consigo toda una actitud de sacrificio y esfuerzo, donde las posibilidades de éxito se emparentan casi exclusivamente con el sufrimiento.
El entorno, generalmente, pese a su buena voluntad, no siempre acompaña: “Suerte. Ganen”. Dirán los que te quieren, esperando contribuir a ese gran esfuerzo que supone el partido. A veces, casi parecen decir “mis condolencias, por el terrible momento que vas a pasar”. Y con esa mochila sale el guerrero a la cancha, y más de una vez… Asi le va…
“Preparate como para encontrarte con un ser muy querido al que hace tiempo que no ves”, me aconsejó sanamente un amigo. La tarea que tenía por delante esa noche no era esa. No me gustaba, la predisposición que tenía hacia ella era negativa, y mi actitud era la necesaria para que todo saliera mal. Pero tomé el consejo y me preparé como para recibir a un gran amigo. Compré un buen vino, ordené la casa como para que se sintiera a gusto y me dispuse internamente para disfrutar de la velada. Y no salió nada mal, hasta podría decir que lo disfruté, pese a que no era un amigo el que vino a cenar. Claro, tampoco se esperaba la otra persona un recibimiento de esas características. Se encontró tratado como alguien querido, y tampoco tuvo que pasar por todo eso desagradable que ambos esperábamos.
En definitiva, solo se trata de eso. De que chip nos ponemos para salir a la cancha, de cómo encaramos el compromiso que tenemos delante.
Algunos dicen que no entienden por qué juegan tan bien en los entrenamientos y tan diferente durante los partidos. Como si no fuera lo mismo. Y no lo es, lo que se espera de uno y otro momento, de ninguna manera es lo mismo.
Ejemplos hay miles. En todos ellos nadie hace nada que no se deba, nadie tiene malas intenciones. Pero algo sale mal, en cuanto lo que se espera de ese momento mágico en el que se necesita de todo su ángel para que todo salga bien. Por ahí ese ángel está, y sale un juego maravilloso, pero por ahí se retira, y no se visualiza bien el por qué.
Si hablamos de música. A mi me gusta mucho Sabina, pero a veces tengo ganas de escuchar algo más polenta. Amo la música de ochentosa, pero también disfruto con mis hijos compartiendo algo de La Mancha de Rolando o La Vela Puerca. Y de tanto en tanto, no me disgusta escuchar algún bolero, y por qué no hasta algún tango. Y tal vez a usted le pasa lo mismo. Sino, pruébelo. Dese una buena panzada de algo que le guste mucho, y verá que después no querrá más. Lo mismo pasa con las comidas, y con un sinfín de cosas de nuestra vida diaria. Y esto es el ser humano, aunque parezca demasiado filosófico. Una vez que se tiene una necesidad satisfecha, aparece alguna otra.
De la misma manera, tenemos distintos tipos de energía disponible, y diferentes maneras de trabajar con ella, de utilizarla. A veces uno necesita algo liviano y alegre, otras algo denso, sólido, sostenido. A veces uno necesita tierra, pasto, verde. Otras aire, volar, delirar. Más de lo mismo no siempre es bueno, cuando uno ya tuvo lo que necesita.
Lo mismo pasa con los jugadores y los equipos. Y esto hace que una actitud que hasta hace un tiempo era buena y te llevó a ganar, pasa en otro momento a no ser tan útil o a no servir más. El equipo comienza a perder y a no entender por qué, si con esa actitud, ese entrenador, esos jugadores y la misma estrategia llegaron tan alto, sin cambiar nada ahora no consiguen los mismos resultados. Y buscan repetir más y más aquellas circunstancias, sin preocuparse por las verdaderas necesidades de este momento en particular, de esa circunstancia en especial por la que en este momento están pasando.
Falta de respeto por las necesidades. Falta de mirada hacia adentro. ¿Será que ahora necesito un rock? ¿ O será una música melódica la ideal para ayudarme a sintonizarme con lo que necesito para conseguir un desempeño armónico?
¿Cómo me tengo que preparar? ¿Cuál es el punto motivacional a tocar o la estrategia a utilizar para poder hacer un juego de los buenos? ¿Con qué ritmo o clima estoy enganchado hoy? ¿Qué clima viene de afuera y cómo puedo sincronizarlos para que durante el partido la energía fluya libremente y no sea un momento de presión y esfuerzo que solo lleve al sufrimiento?
Sin dudas, habrá tantas respuestas como preguntas uno quiera formular, pero las soluciones están más al alcance de la mano de lo que en realidad parece. Solo hace falta saber buscarlas…
Qué difícil es aprender a perder, ¿no? Una derrota dolorosa suele hacer aflorar lo peor de nosotros. A nadie le gusta perder, porque hacerlo nos pone frente a frente con las frustraciones que en
algunos casos confirman nuestros propios temores, y eso duele, al punto que nos lleva en algunas situaciones a mostrar nuestra peor cara.
En las derrotas duras o dolorosas (y atenti que no hablo solamente de goleadas, porque a veces una caída por la mínima duele más que un traspié abultado) el equipo suele perder el timón y mostrar lo peor de si, y el protagonista (jugador, entrenador) suele sufrir de ceguera táctica y desbordes anímicos, que lo llevan a extremos tales como desaparecer de la cancha o bien a pasarse de revoluciones cometiendo a veces algún hecho de violencia o faltas técnicas que lo llevan a ganarse tarjetas o sanciones que lo sacan del campo de juego.
Esa “peor cara” que mostramos, colectiva o individualmente, nos lleva a hacernos acreedores de los peores conceptos de la tribuna: “es un pecho frio, abandonó el equipo en el peor momento”, o incluso de los reproches de nuestros propios compañeros, que también muestran su “peor cara” entrando en la ronda de pasadas de factura y el echarle la culpa al otro. La autocrítica, en la mayoría de los casos, suele brillar por su ausencia, porque el dolor nos ciega tanto que empezamos a buscar las culpas en los demás, muy lejos de nosotros mismos.
Así, vemos equipos que inesperadamente, y a partir de una sola derrota, caen en un pozo que los lleva a perder irremediablemente varios juegos, la serie (en caso que se tratara de un play off) o, lo que es peor, la confianza en si mismos.
Estamos hablando de un comportamiento muy humano, y por ende, la llave para abrir la puerta hacia la recuperación no pasa por otro lado que por la Comprensión.
Lo primero que tenemos que comprender es que dentro de las reglas del deporte se puede ganar, pero también perder, y si la derrota está dentro del menú no hay que tomársela tan a la tremenda, porque el exitismo siempre nos pone ante lecturas equivocadas.
El segundo escalón de comprensión nos debería llevar a aceptar que estamos viviendo un momento doloroso (a nadie le gusta perder) y como tal es normal que ese dolor nos impida ver con claridad las cosas, por lo que es recomendable, en los primeros momentos post derrota, evitar entrar en el juego de reproches. A veces, el silencio es el mejor remedio para esos primeros momentos, porque evita que la bronca nos lleve a decir cosas fuera de lugar o a que saquemos conclusiones equivocadas.
Una vez superado ese instante inicial de dolor, es vital empezar a buscar culpas o razones en uno mismo. Es muy humano empezar a mirar hacia afuera, y eso inevitablemente hace que pongamos el foco en los demás, alejándonos de nosotros mismos, que seguramente nos habremos mandando nuestras macanas para contribuir al mal generalizado que nos llevó a perder. Cuando un “Equipo” pierde, nadie está libre de pecado, para algo hablamos de “Equipo”, ¿no? Y si arrancamos el análisis por nosotros en lugar de por los otros, mucho mejor. 
A la hora de entrar en el análisis grupal, es mucho más sano y curativo encararlo desde el “¿qué podríamos haber hecho para evitarlo?”, que desde el “la culpa la tuvo…”. Construir es obviamente más edificador que destruir, y la idea es recomponernos para el próximo juego, asi que…
Y una vez cerrado el ciclo de la “autocritica” individual y colectiva, es clave volver para atrás, hasta momentos antes de salir a la cancha, y recordar como nos sentíamos ahí y cómo fue el camino que nos llevó hasta este momento. Las sensaciones a veces nos gobiernan, y es natural quedarse con sensaciones desagradables cuando nos toca perder, por lo que el mejor camino para reinstalar la confianza es volver para atrás y recordar los buenos momentos que vivimos en el camino hacia este juego. Porque en definitiva, fuimos nosotros los que llegamos hasta este punto, y algo bueno habremos hecho en el camino, ¿no?
Ni éramos tan buenos antes, ni somos tan malos ahora.
En un país resultadista en el que se ha hecho cultura el pasarle la pelota al de al lado, una de las conductas más comunes en los grupos deportivos es exigirle a los más grandes, más reconocidos o mejor remunerados, que se carguen el equipo al hombro. Y en cierta forma, está bien. Por algo son más grandes, más reconocidos o mejor remunerados, ¿no?
Pero, ¿qué pasa cuando, por alguna razón, el funcionamiento se resiente, los “grandes o lo que fuera” no rinde
n en la medida de lo esperado y los resultados no se dan? La Psicología y, más aún, la dinámica de este tipo de grupos, no son una ciencia exacta, pero más de una vez nos encontramos con un equipo que, al perder sus puntos de referencia, pierde la brújula dentro de la cancha y empieza a fallar en los momentos críticos, precisamente, porque los “grandes, reconocidos o mejor pagos”, que son quienes supuestamente tienen que hacerse cargo de esos trances, no toman las mejores decisiones.
Inmediatamente, los opinadores de turno, tirarán frases como “es un pecho frío, no puede fallar en un momento así”, “con lo que gana este muchacho”, “¿qué le pasa, le tiembla el pulso cuando tiene que liquidar el partido?”, etc, etc…
Sentencias que, aunque no lleguen a oídos de los “grandes, reconocidos o mejor pagos”, están ahí, flotando en el ambiente, y empiezan a generar el efecto bola de nieve, que desencadena que: el jugador que está o se siente presionado, se propone tomar la próxima última pelota, pero cuando la tiene vuelve a sentir todo el peso del equipo sobre sus hombros y vuelve a fallar, vuelve a escuchar los murmullos (que a veces son insultos, silbidos y demás), su propio autoreproche, los retos de su entrenador, las caras de preocupación de sus compañeros, la queja de algún dirigente y tantas otras cosas más… Así, hasta que le llegue el momento de volver a tener una nueva última bola, en la que el peso acumulado seguramente volverá a jugarle en contra.
Piense… Situaciones como estas se dan a diario en equipos de todos los deportes.
A veces, las menos, el “grande, reconocido o mejor pago” tiene la suerte de acertar una de esas pelotas decisivas, y el efecto sanador del acierto le quita mágicamente el peso de los hombros, por lo que todo vuelve a la normalidad, porque el grupo vuelve a asentarse sobre sus basamentos naturales. Pero en la mayoría de los casos, no hay acierto salvador ni sanador, y la bola de nieve se hace más y más grande.
Y ahí los opinólogos apuntan hacia otro lado, pasándole la pelota al entrenador, que a veces tampoco puede desentrañar por donde tiene que empezar a desarmar la bola de nieve.
Respuestas, seguramente, habrá tantas como grupos y situaciones tengamos delante, pero a la hora de buscar una herramienta para implementar ante la mayoría de las “bola
s de nieve”, una de las claves pasa por realizar un nuevo “Reparto de Responsabilidades”.
Está claro que al “grande” le está pesando decidir, pero tal vez ese peso o falta de energía tenga que ver con que tiene que hacer demasiado desgaste a lo largo del partido, tomando más decisiones en su afán por cargarse el equipo al hombro, y desgastándose más de lo necesario, lo que lo hace llegar al momento crítico sin las fuerzas ni la claridad necesarias para enfrentar ni más ni menos que “su” responsabilidad.
“Reparto de Responsabilidades”. Suena raro, pero no es tan difícil. Los “grandes, reconocidos o mejor pagos” están para poner ese plus por el cual se los llegó a considerar “grandes, reconocidos o mejor pagos”, pero cuando se trata de juego de equipo, es vital darle posibilidades de crecer y asumir responsabilidades a todos los actores, en todos los ítems que rodean a la vida del grupo (entrenamiento, convivencia, partidos, etc); porque sino, el peso se reparte mal, unos cargan demasiado y otros muy poco. El que carga poco se acostumbra a que su aporte no sea vital, y el que carga mucho a la larga se cansa y se satura.
Un post de hace algunos meses, pero cargado de actualidad ahora que estamos en etapa de definición de torneos en todos los deportes...
Basta sentarse un rato en una tribuna a observar un partido de divisiones inferiores de cualquier deporte para caer en la cuenta que “el padre no siempre es el mejor aliado del entrenador en la tarea de hacer de su hijo un buen deportista”.
La f
auna deportiva de las divisiones menores tiene entre sus especies al popular “Padre Puteador”, una especie de lobo con piel de cordero que en la previa suele charlar animadamente y sonreir, pero que conforme avanza el partido, empieza a transformarse en un temible propalador de insultos hacia la figura del árbitro de turno; y que si el nene jugó poco o comió banco, también dirigirá sus dardos hacia el entrenador que osó no darle cancha a su vástago.
Convengamos que todos, en algún momento, nos ponemos en mayor o menor medida el disfraz de “Padre Puteador”. Dificilmente alguien zafe de ello. Sino, aquel que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra. El deporte es pasión y tener a nuestros hijos jugando incrementa considerablemente esa vertiente pasional. Pero cuando el patrón de conducta se hace reiterativo, el ejemplo que estamos dando no es el ideal.
El insulto es agresión, y el árbitro y el entrenador, en la cancha, son ni más ni menos que la autoridad a la que está sometido nuestro hijo, el mismo al que le estamos mostrando una manera poco diplomática de cuestionar, y el mismo al que en casa le exigimos respeto y educación. Hmmm…
El “Padre Puteador” es apasionado, al punto de llegar al entretiempo afónico, y entre ellos hay quienes culpa del desborde suelen ser expulsados de la cancha como si fueran un jugador. Hay “Padres Puteadores” que son conocedores del deporte que practica su hijo (en Argentina hay 40 millones de técnicos de fútbol, ¿no?), pero también los hay de aquellos que llegaron al deporte en cuestión porque al nene se le ocurrió jugar al básquet, al voley o al handball, y van aprendiendo de a poquito algunas cosas de reglamento o táctica, lo que no los inhibe a la hora de sentenciar si “la caminata estuvo bien cobrada” o si el DT eligió el sistema defensivo correcto para ese rival.
Los chicos no suelen estar preparados para absorver la presión que a veces inconciente e inocentemente les tiramos encima desde la tribuna. Los gritos, que a veces empiezan desde el primer fallo dudoso, desconcentran y atentan contra su capacidad de hacer un buen juego y disfrutar el partido. Los más chicos, porque se apichonan ante tanto barullo; y los adolescentes, porque generalmente se pasan de rosca ante el exceso de adrenalina que viene del otro lado del alambrado.
Todo esto no hace otra cosa que generar confusión en el novel deportista, que a veces no sabe que patrón seguir. Así, llegamos al padre que termina cuestionando alguna decisión del entrenador, y al DT que mira con recelo a esa tribuna poblada de padres que “no saben nada de básquet, vóley, hockey, etc”.
Las cifras millonarias que se mueven en el mundo del deporte, sumado a la pasión que conllevan los colores y la inevitable proyección que el padre hace sobre el hijo de sus logros, frustraciones y deseos, suelen producir un coctel demasiado explosivo y, por ende, difícil de manejar.
Los padres siempre queremos lo mejor para nuestros hijos, de eso no hay dudas. Pero a veces perdemos la brújula y terminamos confundiéndolos y atentando contra lo que tendría que ser, en principio, una actividad lúdica de contenido social. Porque los llevamos al club a hacer deporte para eso, ¿no?, ¿O todos tenemos un Messi, un Ginóbili o una Sabatini en la habitación de al lado?
Siempre venimos de algún lado. O hemos estado ganando, o perdiendo. O demasiado organizados, o muy enquilombados; tranquilos o a full; cansados o con todas las pilas…
Ese “de donde venimos”, con sus éxitos a ser repartidos y sus fracasos a ser arreglados, motiva o lleva la conducta de un equipo hacia determinado tipo de energía-juego-organización-estilo.
Este pro
ceso no es del todo consciente y no siempre es común a todo el equipo, porque la situación personal de cada integrante también juega un papel en esto. Algunos pueden sentir que vienen de estar demasiado tensos o muy relajados; otros que estuvieron demasiado sometidos al equipo rival; otros pueden vivirlo como demasiado distraídos, como si estuvieran en otra u otros demasiado individualistas, muy en la suya, sin poder organizarse a nivel grupal.
Pero sea como sea vivido, este “de donde vienen” lleva a los jugadores a organizarse, física y mentalmente de determinada manera, y eso va a tener mucho peso en el desempeño individual y colectivo en el partido o torneo.
Del mismo modo, siempre hay una orden inconsciente relacionada con el “a donde tienen que ir”, ya que vamos “a matar”, “a tener cuidado con…”, “a respetar al poderoso rival” a “representar elegantemente al club, país”, etc…
A veces es importante poder pensar, en el seno del grupo, como sienten que funciona esto. Como es ese lugar “de donde vienen” y como es aquel “hacia donde van”. Ya que esto sirve para quitar presiones y poder programar el estilo con el que se va a jugar, independientemente de aquello relacionado con lo técnico-táctico; así como también para coordinar mejor los esfuerzos grupales, de modo que los jugadores busquen, juntos, la manera de ir para el mismo lado.
Si el mandato inconsciente habla de “vamos para allá que hay algo interesante” el cuerpo se organiza y toda la energía se dirige, armónicamente, hacia un punto. Un punto imaginario o real que parece llevarnos hacia adelante.
Cuando el mandato es “cuidado, que ahí hay algo peligroso”, tal vez vamos igual, porque en definitiva hay que seguir para adelante. Pero el cuerpo se organiza de otra manera. Una parte parece tirar para adelante, y la otra hacia atrás; y el resultado suele ser que parece haber menos energía, los pasos o los golpes son menos certeros, las piernas menos firmes, la dirección menos clara.
“De dónde venimos y hacia dónde vamos”. Parece una obviedad, y como tal, muchas veces nos olvidamos de tener en cuenta en la planificación, cuál fue nuestro punto de partida, cuál es nuestra meta, y lo que es peor, cuál es el punto de partida inmediato (el último partido, el antecedente más próximo) y cuál es el próximo rival a vencer, que no siempre tiene puesta la camiseta del equipo de enfrente.
No, no se trata de un play off o del viejo y conocido “partido, revancha y bueno”, sino de una metodología sencilla y practica para encarar mejor o potenciar nuestro rendimiento deportivo o competitivo.
En términos prácticos, se trata de mecanizar u organizar mejor lo que todos y cada uno de los que realizamos alguna práctica deportiva, hacemos cada vez que tenemos que jugar un partido.
Todos nos preparamos, desde el profesional hasta el jugador de fin de semana, desde el entrenamiento hasta la salida a la cancha, entrenando, pensando o planeando el partido, con cuidados especiales, armando el bolso, etc.
Todos salimos a la cancha a jugar y jugamos… A veces bien, otras no tanto.
Y Todos disfrutamos o sufrimos el post partido, depende de cómo nos haya ido dentro de la cancha.
Y allí están los famosos Tres Partidos, que bien organizados o planteados, pueden potenciar nuestra perf
ormance considerablemente.
Más de una vez nos pasa que nos encontramos con un rival (individual o colectivamente) que nos complica sobremanera con un planteo conocido. Nos vamos del partido, jugamos mal y con la derrota o la mala tarea ya sellada, decimos “me complicó esa defensa que hacen siempre”. La pregunta, obviamente es: si sabías que usaban ese tipo de defensa, ¿por qué no te preparaste para superarla? A veces lo hacemos, pero como si fuera un libreto ensayado, sin la convicción necesaria, y a la hora de los bifes, esa falta de compenetración con el plan de juego o algunas particularidades del mismo, nos juegan en contra. Y este es solo un ejemplo al azar de una mala utilización de la previa, o del Partido Uno.
El Partido Uno prepara para el Partido Real y por ende, debería incluir: entrenamiento (con todo lo que ello implica: planificación técnico, táctica, etc), preparación física (tanto en entrenamiento como en lo que respecta al cuidado personal para llegar bien al juego, y por ende incluye alimentación, descanso y demás), y preparación mental, apartado que merece alguna línea adicional, ya que aquí entra todo lo que tenga que ver con tener en cuenta aspectos como el marco (¿local o visitante? ¿cancha cómoda o de las difíciles?, etc), las condiciones en las que se va a jugar el encuentro (¿define algo especial?, condiciones climáticas o factores que pudieran ser foco de distracción), factores tácticos adicionales (si hay que enfrentar alguna defensa dura, un sistema táctico de esos que te sacan, etc) y el toque de deseo o fantasía (que va de la mano de visualizarnos jugando un gran juego… ¿Quién no se imaginó haciendo el gol de Maradona a los ingleses o algo por el estilo?). Este toque de deseo, fantasía o visualización positiva, lejos de ser un fantaseo innecesario o una pérdida de tiempo, servirá para estimularnos a crear y soltarnos, a sentirnos capaces de hacer cosas dentro de la cancha y a encarar el juego con alegría.
Hacer un buen Partido Uno, nos preparará para afrontar de la mejor manera posible el Partido Dos o Partido Real, ya que no es lo mismo llegar al compromiso bien preparado que con una preparación deficiente, en cualquiera de los aspectos mencionados.
El cierre del ciclo viene con el Partido Tres, ese que la mayoría de los mortales jugamos dominados por las sensaciones que nos dejó el Partido Real. Si ganamos o jugamos bien, seguramente estaremos de buen humor, mientras que si el resultado no fue satisfactorio la bronca y el malestar coparán el centro de la escena. Pocos le dan valor o real importancia al Post Partido, desconociendo tal vez que allí empiezan a gestarse las chances de jugar bien en el próximo encuentro. Si, allí, porque no son muchos los que van más allá de la bronca o alegría que produce el resultado. Cuando nos va mal, solemos maldecirnos y empezamos a desear que llegue cuanto antes el próximo partido para poder borrar la imagen negativa que nos quedó. Y ese maldecirnos no siempre viene de la mano de la autocritica necesaria para ver en qué no s equivocamos, o que podríamos haber hecho para cambiar la historia. Entonces, las sensaciones negativas siguen ahí, guardadas en algún lugar de nuestro interior, esperando que se vayan mágicamente con alguna victoria o una buena actuación, cuando en realidad, lo aconsejable para encarar bien el Tercer Partido es: 1) descargarnos o cambiar el clima para poder bajar lo antes posible la persiana tras una derrota o una mala actuación; 2) analizar fríamente lo sucedido, para poder encontrar los errores cometidos y a corregir; y 3) planificar el trabajo de corrección de aquellos errores que estuviera a mi alcance corregir. De esta manera, la sensación negativa o desagradable va mutando a partir de poder racionalizar o comprender lo que pasó y se transforma en energía positiva que ponemos al servicio de las mejoras a realizar.
Obviamente, hay ejercicios que sirven para mecanizar algunos de los pasos de este entramado, pero tener en cuenta esto de Los Tres Partidos, sirve para empezar a enriquecer nuestra preparación personal o colectiva.