¿Cuántas veces escuchamos la frase: “No te lo tomes tan a pecho”? Y…
¿Cuántas veces, pese a que nosotros mismos solemos recomendarlo, terminamos
enredados en una suerte de círculo vicioso de malestar producto de tomar algo,
tal vez al pasar o generalizado, como un ataque personal? Si, somos así. Desde
la tribuna, mirando lo que le pasa al otro, todo nos parece mucho más fácil,
pero cuando la frase, sentencia o lo que fuere nos roza, suele costarnos mucho
tomarla con pinzas y analizar si era para nosotros, si era para tanto, o si es
necesario hacernos malasangre.
En el deporte, y más específicamente en el aspecto
relacional de la vida deportiva, esto muchas veces se exacerba hasta limites
exponenciales, y uno de los puntos en los que se suelen producir gran cantidad
de piquetes emocionales es la relación con Jugador – Entrenador.
“Dijo que la
actitud no se negocia, yo entrego todo, pero no me pone”, o “el exige cumplimiento y responsabilidad, doy
todo, pero no me tiene en cuenta”, son solo algunas de las frases en tono
de lamento que suelen salir de boca de los deportistas, quienes en medio de la
frustración o dolor que les da no jugar o ver satisfechas sus expectativas,
suelen tomar la decisión del entrenador como algo personal. Y ahí, en ese cruce
de caminos, se produce el piquete emocional, porque al sentir la decisión como
personal, inconscientemente el deportista se embrolla en el dolor, que lo lleva
a tomar actitudes no constructivas para su presente/futuro, tales como:
1) Enojado o
molesto, ir a pedir explicaciones dejando traslucir ese enojo, contribuyendo
sin querer a tensar la relación con el DT.
2) Dolido y
preocupado, meterse para adentro y bajar los brazos entregado a algo que, cree
o siente que no puede cambiar.
Ambas situaciones solo consiguen abrir una brecha que
seguramente no era tal, y al mismo tiempo, atentan directamente contra sus
chances de dar vuelta la historia, y la matriz de esas decisiones (ir a buscar
o cerrarse) es el dolor, que suele ser el peor aliado del pensamiento que precede
a la toma de buenas decisiones.

Pensar en frío facilita todos los caminos. En frío,
podemos entender o tratar de entender las decisiones del otro, en este caso el
que manda, como algo técnico, y a partir de allí, en frío, podemos hacernos la
pregunta más importante: “¿Por qué
el/ella y no yo? ¿Qué es lo que el/ella ofrece o da que yo no estoy dando?”
Solo a partir de ese análisis, es que pueden arrancar las mejoras que,
evidentemente, necesitamos para ganarnos ese lugar que tanto anhelamos y
creemos merecer.
Tomar las decisiones que no nos favorecen como “algo
personal” no suele ser el mejor camino. De allí la importancia de aprender a
cambiar el eje emocional y, fundamentalmente, aprender a pensar.