Psicología
es la ciencia más inexacta de todas. Siempre digo que las cuentas nunca dan
igual, sencillamente, porque todos somos diferentes.
Todos
somos diferentes, si, pero en el proceso de formación, los educadores muchas
veces suelen pasarse de rosca en eso de “uniformar”. Y en el deporte esto se
potencia a veces hasta límites difíciles de aceptar, ya que se puede ver a las
claras que el entrenador está buscando respuestas idénticas en chicos que,
indudablemente están pasando por situaciones o procesos madurativos muy
diferentes.
La
mezcla de tres cosas: físico, talento y cabeza… Y aquí el primer punto
importante en eso de “la formación”. ¿De qué manera se trabaja “la cabeza” en
las divisiones menores? Los semilleros de algunos clubes en Argentina suelen
tener psicólogos/as en sus pensiones o departamentos médicos, pero lo cierto es
que su función suele reducirse a la contención o a ejercer una especie de
soporte de la tutoría que se le da a los jóvenes jugadores, ya que son pocos
los que participan junto al cuerpo técnico de la responsabilidad de formar a
sus pichones de cracks.
El
factor preventivo (enseñarles a manejar sus emociones o sus niveles de
concentración o motivación, por ejemplo) no suele ser materia importante y
mucho menos obligatoria en las canteras, por lo que el psicólogo suele estar a
la espera de que le caiga un jugador angustiado o haya que trabajar sobre algún
problema puntual. Y lo cierto es que eso, humildemente, es entre otras cosas,
desaprovechar la riqueza que puede dar el trabajo interdisciplinario.
La
formación que reciben en psicología la mayoría de los profesores y entrenadores
no suele ser muy profunda, y en algunos casos hasta es desactualizada, lo que
provoca que en cierta forma muchos formadores no tengan un ojo puesto en las
diferencias que se producen entre jugadores de la misma edad o categoría,
producto de los diferentes procesos madurativos que puedan estar viviendo. Vemos
chicos o chicas con un rendimiento físico o aptitudes deportivas similares y
pensamos que, por eso, podemos exigirles que rindan o se pongan en la misma
sintonía. O lo que es peor, muchas veces se los trata con la misma rudeza o
nivel de exigencia que a un profesional, perdiendo de vista que, por una cuestión
de edad y nivel madurativo, no están en condiciones de asimilar semejante nivel
de exigencia.
No se mira la edad ni el momento evolutivo personal, si físicamente esta bien y tiene talento solo se le pide que rinda, y son realmente pocos se detienen en la paciencia que hay que tenerle a un chico que esta buscando su identidad y por ende no tiene el equilibrio emocional ideal. Se equivocan los profesores o entrenadores, y también los padres, que desde la tribuna pretenden que el nene o la nena jueguen siempre bien.
No se mira la edad ni el momento evolutivo personal, si físicamente esta bien y tiene talento solo se le pide que rinda, y son realmente pocos se detienen en la paciencia que hay que tenerle a un chico que esta buscando su identidad y por ende no tiene el equilibrio emocional ideal. Se equivocan los profesores o entrenadores, y también los padres, que desde la tribuna pretenden que el nene o la nena jueguen siempre bien.

Decía
también en ese post que “muchos Entrenadores ponen el foco de su aprendizaje en
saber de su deporte, y en realidad, sobre todo en esas etapas, aprender a
manejar personas es tan o mas importante”. Y si se trata de personitas, mucho más
aún.
Respetar
los tiempos de maduración es clave para que los chicos no estén sometidos a
presiones o exigencias que, tal vez no estén en condiciones de soportar en
determinado momento, ya que eso puede traer consigo una merma en el nivel de
tolerancia a la frustración en el chico, que luego termina convirtiéndose en el
típico jugador que ante el primer error se fastidia y se va del partido, por
citar la mas leve de las consecuencias que vienen de la mano de esto.
Respetar
los tiempos de maduración. “físico,
talento y cabeza”, decía Scola. ¿Y
si invertimos más en conocer y aprender a seguir y respetar los procesos
madurativos?