jueves, 17 de febrero de 2011

Manejando la Presión

El deporte es un juego que mueve pasiones en masa y en muchos casos, importantes cantidades de dinero. Las expectativas suelen ser grandes, sea cual fuere el objetivo deportivo o profesional que se haya trazado, y conforme uno empieza a transitar el camino hacia la meta, generalmente sin aviso ni quererlo, la mochila se nos empieza a llenar de presiones.
“Tenemos que ser protagonistas”, “acá no se puede hablar de otra cosa que no sea el campeonato”, “tenemos que salvarnos del descenso”, “no podemos perder más clásicos”, o lo que fuera… La gama de frases que terminan siendo titulares en luces de neón, con las que nos cargan o cargamos de presión son ilimitadas y, al mismo tiempo, una constante en todos y cada uno de los ámbitos de la actividad deportiva, profesional o amateur.
Nosotros, los humanos, los comunes, solemos hacer un culto en eso de buscarnos presiones adicionales, aún cuando no las hay. Si a veces hasta nos ponemos nerviosos en un partido de cartas con amigos, ¿cómo no me voy a cargar de presión y tensiones en algo tan pasional como el deporte?
Es cierto que, muchas veces, meternos presión para alcanzar un objetivo sirve de disparador para mejorar o potenciar nuestro rendimiento; pero nuestro interior no tiene una medida tangible como un tanque de nafta, que carga X cantidad de litros de combustible. Nuestro interior no tiene paredes firmes, se expande o se achica según nuestro estado de ánimo, por lo que si nos cebamos y llenamos nuestro tanque con más “presión” de la aconsejable, lo más probable es que no la podamos manejar y empecemos a sentirnos mal.
La presión nos desborda y nuestra capacidad de análisis y observación de la realidad se achica considerablemente, provocando que nuestra percepción de algunos hechos no sea del todo confiable, porque inconscientemente nos empezamos a enfocar en el lado oscuro o negativo de las cosas, y no en aquello que puede servirnos como disparador positivo. En términos sencillos, burdos, “primero nos ponemos más tontos de lo habitual y con el tiempo, ese ejercicio de mirar siempre lo negro termina convirtiéndonos en nuestro peor enemigo”.
En los grupos pasa lo mismo, pero multiplicado por la cantidad de integrantes de cada plantel. La presión empieza a jugar su partido en algún momento: a veces de movida, otras cuando aparece algún resultado negativo o, si zafamos de esas dos instancias, cuando se acerca la etapa de definiciones; y la salud del grupo, inevitablemente, empieza a alterarse y hasta tambalear. En algunas ocasiones, el equipo empieza a meter la presión en sus conversaciones de una manera angustiante, potenciando el efecto negativo. Pero también se da que, en el afán por “no llamar la mala onda o la energía negativa”, el tema de la presión se evita por completo, y durante gran parte del proceso no se habla de ella y se la ignora, pero… Ella está ahí… En algún recoveco, esperando agazapada el momento de entrar a escena, y cuando lo hace provoca un desbarajuste en el grupo difícil de manejar.
¿Hay alguna receta para manejarla? Si, por supuesto. Y la clave está en la “Comunicación”. Ignorarla suele ser un arma de doble filo, porque generalmente se corre el riesgo de que aparezca al primer tropiezo y cope la parada. En términos deportivos, cuando tenemos que enfrentar un rival difícil se suele hacer scouting o análisis de virtudes, defectos, puntos débiles, puntos fuertes y demás, para saber cómo enfrentarlo en las mejores condiciones, ¿no? Bueno, una de las claves para enfrentar bien armados los miedos que vienen escondidos detrás de las presiones, es estudiarlos, conocerlos a fondo, y eso se logra hablando, compartiendo con nuestros compañeros el peso que viene con ellos.
La Presión tiene un peso específico imaginario que, si tratamos de manejarla solos, empieza a multiplicarse hasta límites inimaginables. Pero si la encaramos como grupo, en equipo, y la tratamos como tal, su peso en lugar de multiplicarse se divide entre todos los integrantes del grupo… Y convengamos que no es lo mismo llevar una mochila con 100 kilos yo solo, que repartir su peso entre todos los integrantes del plantel, ¿no?


Hablar, comunicarnos, sirve como herramienta de descarga o catarsis y como elemento unificador y clarificador en el camino por buscarle salidas a la situación presionante. Hablando podemos minimizar o agrandar situaciones y sobre todo, podemos poner en claro objetivos y metas...

viernes, 21 de enero de 2011

El Valor de la Información

Estar bien informado es vital para encarar cualquier empresa importante, y no tan importante. A quien no le preguntaron alguna vez si “¿Va a llover?”, para saber si era conveniente llevar paraguas. Hoy en día, es casi decisivo conocer el estado del tránsito y el cronograma de manifestaciones cuando uno encara la difícil tarea de entrar a la Capital Federal. Nadie (o al menos nadie sensato) encara una inversión o una sociedad sin tener data precisa para saber donde va a poner el dinero o como es la persona con la que va a encarar una empresa. Y yendo específicamente al mundo del deporte, los dirigentes suelen buscar información de buena fuente antes de contratar un entrenador, y los DT suelen hacer lo propio antes de recomendar la contratación de un jugador.
“La información es oro en polvo”, ¿no? Pero más de una vez subestimamos el valor o poder de la información, o acotamos la necesidad de “estar informados” a temas supuestamente muy relevantes, restándole importancia a otros que más de una vez nos podrían ayudar a estar más cerca de las necesidades de los integrantes del plantel.
Estar en el detalle da un plus casi tan importante como el darle confianza al jugador.
Es que solo estando en el detalle un cuerpo técnico puede saber o comprender las razones de tal o cual comportamiento de un deportista.
Cuando el jugador / a parece que está en otra cosa, es porque algo le está pasando, y tener aceitados los mecanismos de acercamiento para que esta /a se pueda expresar, es vital para conocer de que se trata aquello que lo distrae, para a partir de allí, poder comprenderlo y ayudarlo para que ese motivo de distracción atente lo menos posible contra su rendimiento deportivo.
En definitiva, de eso se trata, ¿no? La vida no es un lecho de rosas y en mayor o menor medida, siempre algo nos afecta y nos saca del eje, y la información puede oficiar de mecanismo preventivo para anticiparnos a algunas situaciones.
Un jugador / a “con la cabeza en otro lado” no puede poner el foco en mejorar su rendimiento, en atender a un sistema táctico especialmente preparado para el partido que se viene o, incluso, en meterse de lleno en el proceso de recuperación de una lesión. Precisamente, porque tiene la cabeza en otro lado. Y no estar debidamente informado puede desencadenar que sus desatenciones, en lugar de una situación de contención, lleven a cuerpo técnico y compañeros a fastidiarse, y por ende a no saber como ayudarlo para que “vuelva”.
La energía contenedora del grupo es importantísima para que el jugador, sintiéndose contenido y apoyado, ponga lo mejor de si para entregarse por el equipo más allá de sus problemas. Después se podrá hablar de técnicas de focalización, anclajes, ejercicios de visualización para manejar el stress y un montón de cosas más, pero la llave que abre la primera puerta es la confianza y apertura que se genere en el grupo a partir del cuerpo técnico, para que la información fluya sin barreras innecesarias que entorpezcan el flujo de la energía sanadora que trae consigo la cohesión grupal. No hay muchos registros de grandes equipos que no hayan tenido un gran grupo detrás, ¿no?

viernes, 7 de enero de 2011

Entrenamiento Personalizado

Suena raro, y más en el mundo del deporte. Pero no se trata de un invento extraño ni nada por el estilo. El deporte ha evolucionado años luz en infraestructura, técnica, táctica, preparación física, alimentación, medicina y demás, pero, curiosamente, cada vez se habla más de jugadores con problemas de concentración, anímicos, grupos divididos y de fallas en los fundamentos básicos del juego. Y el Coaching o Entrenamiento Personalizado viene a poner su granito de arena para solucionar esas falencias.
El entrenamiento mental no es novedad en el deporte mundial. Los grandes lo usan, porque potencia su capacidad para manejar el stress (para llegar en optimas condiciones a la competencia), dominar la ansiedad (lo que permite tomar mejores decisiones en el campo de juego), optimizar la capacidad de foco (que posibilita estar metido cien por ciento en el entrenamiento o partido), así como también desarrollar mecanismos que permitan potenciar la automatización de movimientos, conectarnos con viejas capacidades o habilidades olvidadas o emparentarnos con nuevos movimientos a partir de técnicas de visualización.
Este entrenamiento mental, trabajado paralelamente al aprendizaje o reaprendizaje de fundamentos y secretos del juego, potencia hasta limites inimaginables la capacidad del jugador, joven o adulto, amateur o profesional, que consigue herramientas que lo convierten en un jugador más completo y le permiten disfrutar más de lo que tanto le gusta hacer: jugar.
Los valores, como el espíritu de equipo, el respeto y la humildad; el afán de superación y la autocrítica, son algunos de los atributos que hicieron grandes a los que hoy consideramos grandes, y el vertiginoso día a día que lleva a los entrenadores a pensar en sistemas tácticos por encima de los fundamentos, también empuja a dejar de lado esos momentos y charlas tan necesarios para transmitir esos valores.
La realidad obliga a que el día a día sea así: rápido, sin mucho tiempo para invertir en esas cosas, y el Entrenamiento o Coaching Personalizado puede ser la herramienta ideal para complementar ese aspecto formativo o de perfeccionamiento que te está faltando. Hablando de básquet, específicamente, en la NBA, son las estrellas las que utilizan este tipo de servicio para potenciar su juego de una temporada a la otra; y del otro lado del mundo, en Serbia, los jugadores complementan la formación personal que reciben en los clubes concurriendo a Academias, en las que trabajan sobre fundamentos y valores esenciales para tener una mejor respuesta dentro de la cancha.
El mundo veloz y competitivo de hoy exige cada vez más la búsqueda de herramientas y sellos distintivos que nos permitan marcar la diferencia, y a veces, ese plus está en las cosas más sencillas…

El Entrenamiento o Coaching Personalizado es una Propuesta Diferente para potenciar el crecimiento y desarrollo de jugadores profesionales y en formación...

¿POR QUE?
Porque el día a día lleva a que el jugador no siempre tenga tiempo o la guía necesaria para hacer trabajos de perfeccionamiento.

¿QUE OFRECEMOS?
Trabajo Personalizado para entrenar cuerpo y mente para potenciar virtudes y corregir defectos.

¿COMO?
En el Campo de Juego, para corregir y sumar fundamentos y aprender secretos en situaciones concretas; y en el Gabinete, para destrabar bloqueos mentales que pudieran atentar contra nuestras potencialidades, y familiarizarnos con técnicas que puedan ayudar a conseguir concentración y foco y manejar el stress en diferentes situaciones.

¿A QUIENES VA DIRIGIDO?
A jugadores y jugadoras, profesionales o en etapa formativa, sin distinción.

OBSERVACIONES
El Coaching Personalizado no es un invento nuestro. En la NBA, estrellas como Chris Paul, Kobe Bryant o Carmelo Anthony, por citar solo algunos ejemplos, recurren a los Coachs o Entrenadores Personales (como Idan Ravin) para realizar trabajos específicos de perfeccionamiento.
Nosotros queremos ir más allá, sumándole a los trabajos de campo con pelota ejercicios y trabajos para potenciar al deportista en la faz personal, introduciéndolo en conceptos como el entrenamiento mental.

¿QUIENES SOMOS?
Gabriel Cocha

Basquetbolista Profesional con 23 años de trayectoria en la Liga Nacional, en la que vistió las camisetas de Boca, Obras, San Andrés, Regatas y Belgrano de San Nicolás, Ciclista Olímpico de La Banda y Gimnasia y Esgrima de Comodoro Rivadavia, con el que obtuvo el título en la temporada 2005 - 2006.
Seleccion Argentina entre 1987 y 1997.

Germán Diorio
Psicólogo, Especialista en Deportes y Manejo de Grupos. Actualmente junto al Plantel Superior de Basquet de Velez Sarsfield. Con más de 20 años de trayectoria en el mundo del deporte, como psicólogo o periodista (trabajó en TyC Sports, Torneos y Competencias y Diario Crónica), realizando coberturas de Mundiales (basquet 90 y 06), Panamericanos, Preolímpicos y Eliminatorias de diferentes deportes.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

"Estoy Motivado"

Usted seguramente habrá escuchado frases como éstas: “El grupo está realmente motivado, los muchachos no ven la hora de salir a la cancha”; “los clásicos son partidos aparte”; o “esa cancha es un karma para nosotros, nos cuesta mucho ganar ahí”. ¿Las reconoció? Si, y sin lugar a dudas, ya estará pensando en unas cuantas más. Frases célebremente gastadas, pero que no hacen otra cosa que reflejar, a través de un lugar común, lo que está sintiendo el deportista en los momentos previos a la competencia. Obviamente, hablamos de la motivación, tema del que se ha dicho y escrito mucho, pero del cual se ha esclarecido muy poco.
“Este partido es crucial. Tenemos delante el peor rival que nos podría tocar, por lo que vamos a tener que dejar en la cancha hasta la última gota de sudor si queremos ganar, porque sino…”.
El cielo o el infierno. Sin segundas opciones. Tal y como parece dictaminarlo una sociedad profundamente resultadista, en la que prácticamente no hay lugar para los segundos, ¿no
El mandato trae consigo toda una actitud de sacrificio y esfuerzo, donde las posibilidades de éxito se emparentan casi exclusivamente con el sufrimiento.
El entorno, generalmente, pese a su buena voluntad, no siempre acompaña: “Suerte. Ganen”. Dirán los que te quieren, esperando contribuir a ese gran esfuerzo que supone el partido. A veces, casi parecen decir “mis condolencias, por el terrible momento que vas a pasar”. Y con esa mochila sale el guerrero a la cancha, y más de una vez… Asi le va…
“Preparate como para encontrarte con un ser muy querido al que hace tiempo que no ves”, me aconsejó sanamente un amigo. La tarea que tenía por delante esa noche no era esa. No me gustaba, la predisposición que tenía hacia ella era negativa, y mi actitud era la necesaria para que todo saliera mal. Pero tomé el consejo y me preparé como para recibir a un gran amigo. Compré un buen vino, ordené la casa como para que se sintiera a gusto y me dispuse internamente para disfrutar de la velada. Y no salió nada mal, hasta podría decir que lo disfruté, pese a que no era un amigo el que vino a cenar. Claro, tampoco se esperaba la otra persona un recibimiento de esas características. Se encontró tratado como alguien querido, y tampoco tuvo que pasar por todo eso desagradable que ambos esperábamos.
En definitiva, solo se trata de eso. De que chip nos ponemos para salir a la cancha, de cómo encaramos el compromiso que tenemos delante.
Algunos dicen que no entienden por qué juegan tan bien en los entrenamientos y tan diferente durante los partidos. Como si no fuera lo mismo. Y no lo es, lo que se espera de uno y otro momento, de ninguna manera es lo mismo.
Ejemplos hay miles. En todos ellos nadie hace nada que no se deba, nadie tiene malas intenciones. Pero algo sale mal, en cuanto lo que se espera de ese momento mágico en el que se necesita de todo su ángel para que todo salga bien. Por ahí ese ángel está, y sale un juego maravilloso, pero por ahí se retira, y no se visualiza bien el por qué.
Si hablamos de música. A mi me gusta mucho Sabina, pero a veces tengo ganas de escuchar algo más polenta. Amo la música de ochentosa, pero también disfruto con mis hijos compartiendo algo de La Mancha de Rolando o La Vela Puerca. Y de tanto en tanto, no me disgusta escuchar algún bolero, y por qué no hasta algún tango. Y tal vez a usted le pasa lo mismo. Sino, pruébelo. Dese una buena panzada de algo que le guste mucho, y verá que después no querrá más. Lo mismo pasa con las comidas, y con un sinfín de cosas de nuestra vida diaria. Y esto es el ser humano, aunque parezca demasiado filosófico. Una vez que se tiene una necesidad satisfecha, aparece alguna otra.
De la misma manera, tenemos distintos tipos de energía disponible, y diferentes maneras de trabajar con ella, de utilizarla. A veces uno necesita algo liviano y alegre, otras algo denso, sólido, sostenido. A veces uno necesita tierra, pasto, verde. Otras aire, volar, delirar. Más de lo mismo no siempre es bueno, cuando uno ya tuvo lo que necesita.
Lo mismo pasa con los jugadores y los equipos. Y esto hace que una actitud que hasta hace un tiempo era buena y te llevó a ganar, pasa en otro momento a no ser tan útil o a no servir más. El equipo comienza a perder y a no entender por qué, si con esa actitud, ese entrenador, esos jugadores y la misma estrategia llegaron tan alto, sin cambiar nada ahora no consiguen los mismos resultados. Y buscan repetir más y más aquellas circunstancias, sin preocuparse por las verdaderas necesidades de este momento en particular, de esa circunstancia en especial por la que en este momento están pasando.
Falta de respeto por las necesidades. Falta de mirada hacia adentro. ¿Será que ahora necesito un rock? ¿ O será una música melódica la ideal para ayudarme a sintonizarme con lo que necesito para conseguir un desempeño armónico?
¿Cómo me tengo que preparar? ¿Cuál es el punto motivacional a tocar o la estrategia a utilizar para poder hacer un juego de los buenos? ¿Con qué ritmo o clima estoy enganchado hoy? ¿Qué clima viene de afuera y cómo puedo sincronizarlos para que durante el partido la energía fluya libremente y no sea un momento de presión y esfuerzo que solo lleve al sufrimiento?
Sin dudas, habrá tantas respuestas como preguntas uno quiera formular, pero las soluciones están más al alcance de la mano de lo que en realidad parece. Solo hace falta saber buscarlas…

lunes, 20 de diciembre de 2010

Sacandole el Jugo a una Derrota

Qué difícil es aprender a perder, ¿no? Una derrota dolorosa suele hacer aflorar lo peor de nosotros. A nadie le gusta perder, porque hacerlo nos pone frente a frente con las frustraciones que en algunos casos confirman nuestros propios temores, y eso duele, al punto que nos lleva en algunas situaciones a mostrar nuestra peor cara.
En las derrotas duras o dolorosas (y atenti que no hablo solamente de goleadas, porque a veces una caída por la mínima duele más que un traspié abultado) el equipo suele perder el timón y mostrar lo peor de si, y el protagonista (jugador, entrenador) suele sufrir de ceguera táctica y desbordes anímicos, que lo llevan a extremos tales como desaparecer de la cancha o bien a pasarse de revoluciones cometiendo a veces algún hecho de violencia o faltas técnicas que lo llevan a ganarse tarjetas o sanciones que lo sacan del campo de juego.
Esa “peor cara” que mostramos, colectiva o individualmente, nos lleva a hacernos acreedores de los peores conceptos de la tribuna: “es un pecho frio, abandonó el equipo en el peor momento”, o incluso de los reproches de nuestros propios compañeros, que también muestran su “peor cara” entrando en la ronda de pasadas de factura y el echarle la culpa al otro. La autocrítica, en la mayoría de los casos, suele brillar por su ausencia, porque el dolor nos ciega tanto que empezamos a buscar las culpas en los demás, muy lejos de nosotros mismos.
Así, vemos equipos que inesperadamente, y a partir de una sola derrota, caen en un pozo que los lleva a perder irremediablemente varios juegos, la serie (en caso que se tratara de un play off) o, lo que es peor, la confianza en si mismos.
Estamos hablando de un comportamiento muy humano, y por ende, la llave para abrir la puerta hacia la recuperación no pasa por otro lado que por la Comprensión.
Lo primero que tenemos que comprender es que dentro de las reglas del deporte se puede ganar, pero también perder, y si la derrota está dentro del menú no hay que tomársela tan a la tremenda, porque el exitismo siempre nos pone ante lecturas equivocadas.
El segundo escalón de comprensión nos debería llevar a aceptar que estamos viviendo un momento doloroso (a nadie le gusta perder) y como tal es normal que ese dolor nos impida ver con claridad las cosas, por lo que es recomendable, en los primeros momentos post derrota, evitar entrar en el juego de reproches. A veces, el silencio es el mejor remedio para esos primeros momentos, porque evita que la bronca nos lleve a decir cosas fuera de lugar o a que saquemos conclusiones equivocadas.
Una vez superado ese instante inicial de dolor, es vital empezar a buscar culpas o razones en uno mismo. Es muy humano empezar a mirar hacia afuera, y eso inevitablemente hace que pongamos el foco en los demás, alejándonos de nosotros mismos, que seguramente nos habremos mandando nuestras macanas para contribuir al mal generalizado que nos llevó a perder. Cuando un “Equipo” pierde, nadie está libre de pecado, para algo hablamos de “Equipo”, ¿no? Y si arrancamos el análisis por nosotros en lugar de por los otros, mucho mejor.
A la hora de entrar en el análisis grupal, es mucho más sano y curativo encararlo desde el “¿qué podríamos haber hecho para evitarlo?”, que desde el “la culpa la tuvo…”. Construir es obviamente más edificador que destruir, y la idea es recomponernos para el próximo juego, asi que…
Y una vez cerrado el ciclo de la “autocritica” individual y colectiva, es clave volver para atrás, hasta momentos antes de salir a la cancha, y recordar como nos sentíamos ahí y cómo fue el camino que nos llevó hasta este momento.
Las sensaciones a veces nos gobiernan, y es natural quedarse con sensaciones desagradables cuando nos toca perder, por lo que el mejor camino para reinstalar la confianza es volver para atrás y recordar los buenos momentos que vivimos en el camino hacia este juego. Porque en definitiva, fuimos nosotros los que llegamos hasta este punto, y algo bueno habremos hecho en el camino, ¿no?
Ni éramos tan buenos antes, ni somos tan malos ahora.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Hacete Cargo

En un país resultadista en el que se ha hecho cultura el pasarle la pelota al de al lado, una de las conductas más comunes en los grupos deportivos es exigirle a los más grandes, más reconocidos o mejor remunerados, que se carguen el equipo al hombro. Y en cierta forma, está bien. Por algo son más grandes, más reconocidos o mejor remunerados, ¿no?
Pero, ¿qué pasa cuando, por alguna razón, el funcionamiento se resiente, los “grandes o lo que fuera” no rinden en la medida de lo esperado y los resultados no se dan? La Psicología y, más aún, la dinámica de este tipo de grupos, no son una ciencia exacta, pero más de una vez nos encontramos con un equipo que, al perder sus puntos de referencia, pierde la brújula dentro de la cancha y empieza a fallar en los momentos críticos, precisamente, porque los “grandes, reconocidos o mejor pagos”, que son quienes supuestamente tienen que hacerse cargo de esos trances, no toman las mejores decisiones.
Inmediatamente, los opinadores de turno, tirarán frases como “es un pecho frío, no puede fallar en un momento así”, “con lo que gana este muchacho”, “¿qué le pasa, le tiembla el pulso cuando tiene que liquidar el partido?”, etc, etc…
Sentencias que, aunque no lleguen a oídos de los “grandes, reconocidos o mejor pagos”, están ahí, flotando en el ambiente, y empiezan a generar el efecto bola de nieve, que desencadena que: el jugador que está o se siente presionado, se propone tomar la próxima última pelota, pero cuando la tiene vuelve a sentir todo el peso del equipo sobre sus hombros y vuelve a fallar, vuelve a escuchar los murmullos (que a veces son insultos, silbidos y demás), su propio autoreproche, los retos de su entrenador, las caras de preocupación de sus compañeros, la queja de algún dirigente y tantas otras cosas más… Así, hasta que le llegue el momento de volver a tener una nueva última bola, en la que el peso acumulado seguramente volverá a jugarle en contra.
Piense… Situaciones como estas se dan a diario en equipos de todos los deportes.
A veces, las menos, el “grande, reconocido o mejor pago” tiene la suerte de acertar una de esas pelotas decisivas, y el efecto sanador del acierto le quita mágicamente el peso de los hombros, por lo que todo vuelve a la normalidad, porque el grupo vuelve a asentarse sobre sus basamentos naturales. Pero en la mayoría de los casos, no hay acierto salvador ni sanador, y la bola de nieve se hace más y más grande.
Y ahí los opinólogos apuntan hacia otro lado, pasándole la pelota al entrenador, que a veces tampoco puede desentrañar por donde tiene que empezar a desarmar la bola de nieve.
Respuestas, seguramente, habrá tantas como grupos y situaciones tengamos delante, pero a la hora de buscar una herramienta para implementar ante la mayoría de las “bolas de nieve”, una de las claves pasa por realizar un nuevo “Reparto de Responsabilidades”.
Está claro que al “grande” le está pesando decidir, pero tal vez ese peso o falta de energía tenga que ver con que tiene que hacer demasiado desgaste a lo largo del partido, tomando más decisiones en su afán por cargarse el equipo al hombro, y desgastándose más de lo necesario, lo que lo hace llegar al momento crítico sin las fuerzas ni la claridad necesarias para enfrentar ni más ni menos que “su” responsabilidad.
“Reparto de Responsabilidades”. Suena raro, pero no es tan difícil. Los “grandes, reconocidos o mejor pagos” están para poner ese plus por el cual se los llegó a considerar “grandes, reconocidos o mejor pagos”, pero cuando se trata de juego de equipo, es vital darle posibilidades de crecer y asumir responsabilidades a todos los actores, en todos los ítems que rodean a la vida del grupo (entrenamiento, convivencia, partidos, etc); porque sino, el peso se reparte mal, unos cargan demasiado y otros muy poco. El que carga poco se acostumbra a que su aporte no sea vital, y el que carga mucho a la larga se cansa y se satura.

viernes, 3 de diciembre de 2010

De Padres e Hijos

Un post de hace algunos meses, pero cargado de actualidad ahora que estamos en etapa de definición de torneos en todos los deportes...

Basta sentarse un rato en una tribuna a observar un partido de divisiones inferiores de cualquier deporte para caer en la cuenta que “el padre no siempre es el mejor aliado del entrenador en la tarea de hacer de su hijo un buen deportista”.
La fauna deportiva de las divisiones menores tiene entre sus especies al popular
“Padre Puteador”, una especie de lobo con piel de cordero que en la previa suele charlar animadamente y sonreir, pero que conforme avanza el partido, empieza a transformarse en un temible propalador de insultos hacia la figura del árbitro de turno; y que si el nene jugó poco o comió banco, también dirigirá sus dardos hacia el entrenador que osó no darle cancha a su vástago.
Convengamos que todos, en algún momento, nos ponemos en mayor o menor medida el disfraz de “Padre Puteador”. Dificilmente alguien zafe de ello. Sino, aquel que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra. El deporte es pasión y tener a nuestros hijos jugando incrementa considerablemente esa vertiente pasional. Pero cuando el patrón de conducta se hace reiterativo, el ejemplo que estamos dando no es el ideal.
El insulto es agresión, y el árbitro y el entrenador, en la cancha, son ni más ni menos que la autoridad a la que está sometido nuestro hijo, el mismo al que le estamos mostrando una manera poco diplomática de cuestionar, y el mismo al que en casa le exigimos respeto y educación. Hmmm…
El “Padre Puteador” es apasionado, al punto de llegar al entretiempo afónico, y entre ellos hay quienes culpa del desborde suelen ser expulsados de la cancha como si fueran un jugador. Hay “Padres Puteadores” que son conocedores del deporte que practica su hijo (en Argentina hay 40 millones de técnicos de fútbol, ¿no?), pero también los hay de aquellos que llegaron al deporte en cuestión porque al nene se le ocurrió jugar al básquet, al voley o al handball, y van aprendiendo de a poquito algunas cosas de reglamento o táctica, lo que no los inhibe a la hora de sentenciar si “la caminata estuvo bien cobrada” o si el DT eligió el sistema defensivo correcto para ese rival.
Los chicos no suelen estar preparados para absorver la presión que a veces inconciente e inocentemente les tiramos encima desde la tribuna. Los gritos, que a veces empiezan desde el primer fallo dudoso, desconcentran y atentan contra su capacidad de hacer un buen juego y disfrutar el partido. Los más chicos, porque se apichonan ante tanto barullo; y los adolescentes, porque generalmente se pasan de rosca ante el exceso de adrenalina que viene del otro lado del alambrado.
Todo esto no hace otra cosa que generar confusión en el novel deportista, que a veces no sabe que patrón seguir. Así, llegamos al padre que termina cuestionando alguna decisión del entrenador, y al DT que mira con recelo a esa tribuna poblada de padres que “no saben nada de básquet, vóley, hockey, etc”.
Las cifras millonarias que se mueven en el mundo del deporte, sumado a la pasión que conllevan los colores y la inevitable proyección que el padre hace sobre el hijo de sus logros, frustraciones y deseos, suelen producir un coctel demasiado explosivo y, por ende, difícil de manejar.
Los padres siempre queremos lo mejor para nuestros hijos, de eso no hay dudas. Pero a veces perdemos la brújula y terminamos confundiéndolos y atentando contra lo que tendría que ser, en principio, una actividad lúdica de contenido social. Porque los llevamos al club a hacer deporte para eso, ¿no?, ¿O todos tenemos un Messi, un Ginóbili o una Sabatini en la habitación de al lado?