jueves, 4 de febrero de 2010

Los Chicos Crecen

El pibe pinta bien y en el club lo tienen como uno de los proyectos a cuidar. La rompe en su categoría, en la que juega con la tranquilidad de un veterano, y eso lo convierte en candidato para pegar el salto a la categoría superior, pero…
Cuando le toca jugar con los más grandes no es el mismo. Juega sin soltura, como atado, y no luce. Ni por asomo, parece el “veterano” que juega entre los de su edad. Por el contrario, está acelerado, al punto de cometer errores infantiles que lo vuelven irreconocible ante los ojos de aquellos que lo admiran cuando juega entre sus pares.
Inmediatamente, la tribuna empieza a sentenciar que “el pibe está verde”, los dirigentes caen en un cono de desilusión porque ya se frotaban las manos ante el futuro crack y hasta el cuerpo técnico termina envuelto en el manto de dudas que se cierne sobre aquel que tuvo la osadía de mostrar que tenía condiciones para ser un gran jugador.
¿Tan grande es el precio de la inexperiencia? A veces si. ¿Qué pasa, el pibe se olvido de jugar? No, jamás. Nadie se olvida de jugar, por lo que aquel que hace bien las cosas en su categoría, no tendría por qué no hacerlo de la misma manera entre los mayores. La diferencia, más allá de lo que lógicamente trae consigo enfrentar a rivales más pesados, fuertes o mañosos, según el caso, está en la actitud con que “el pibe” encare la aventura de jugar con los más grandes. Ahí, ni más ni menos, está la diferencia.
Actitud. Que no es lo mismo que Aptitud, ni mucho menos, temperamento.
Al pibe le pueden sobrar condiciones y talento. También puede tener mucha personalidad. Pero para el salto de categoría es vital tener la actitud correcta.
¿Cuál es la “actitud correcta”? Ni más ni menos que la misma con la que sale a la cancha en su categoría: seguro, decidido, suelto… El tema es que esa seguridad, decisión y soltura, en la mayoría de los casos, parecen perderse como por arte de magia en “el salto”.
Obviamente, todos los “pibes” deben atravesar el lógico período de aclimatación a la categoría superior, y pagar el derecho de piso correspondiente por jugar con rivales de mayor envergadura o experiencia. A algunos le cuesta más, a otros menos, pero el problema más grande se da cuando, además de ese “temido período de aclimatación”, “el pibe” se apichona, y el temor o exceso de responsabilidad lo llevan a conductas extremas como cohibirse o acelerarse en demasía, atentando contra sus propias posibilidades de mostrar en la cancha lo que realmente sabe hacer.
A veces, el mandato inconsciente que lo lleva a sentir temor o exceso de responsabilidad viene de su entorno, otras de la mano de su propio Entrenador, que no siempre tiene a mano la palabra justa para motivarlo o ponerlo en su foco o eje natural. Y entonces, “el pibe” no sale como siempre y termina rindiendo muy por debajo de lo que puede hacer.
No voy a caer en el facilismo de decir que “la presencia de un psicólogo en el plantel serviría para ayudar a los pibes a superar rápidamente estos trances”. Es algo obvio, ¿no? Pero no siempre hace falta un psicólogo para darle la palabra justa al “pibe” que tiene que pegar el gran salto.
A veces, que el DT le muestre su confianza con hechos concretos alcanza para que “el pibe”, sintiéndose bancado, empiece a soltarse. En definitiva, el mensaje que debería recibir el jugador es que, una vez superado el período de aclimatación a jugar entre los grandes, en la cancha, según el deporte, siguen siendo 5 contra 5, 6 contra 6 u 11 contra 11. Sigue habiendo una sola pelota y las mismas reglas que en su categoría. Y no hay muchos misterios más por develar.
Crecer no siempre es todo lo fácil que uno quisiera, y más de una vez una gran promesa termina quedándose en el camino culpa de este tipo de “piquetes emocionales” que a veces terminan desviándolo de la ruta del éxito.
Lo que no hay que dejar de lado en estas situaciones es que siempre se está a tiempo para hacerle “recuperar la memoria” a un “pibe afectado por este tipo de trances. No hace falta magia ni esperar que llegue el “partido soñado”. Un par de charlas y algún ejercicio de visualización pueden ser la llave que abra la puerta para volver a jugar…

jueves, 28 de enero de 2010

El Valor de la Información

Estar bien informado es vital para encarar cualquier empresa importante, y no tan importante. A quien no le preguntaron alguna vez si “¿Va a llover?”, para saber si era conveniente llevar paraguas. Hoy en día, es casi decisivo conocer el estado del tránsito y el cronograma de manifestaciones cuando uno encara la difícil tarea de entrar a la Capital Federal. Nadie (o al menos nadie sensato) encara una inversión o una sociedad sin tener data precisa para saber donde va a poner el dinero o como es la persona con la que va a encarar una empresa. Y yendo específicamente al mundo del deporte, los dirigentes suelen buscar información de buena fuente antes de contratar un entrenador, y los DT suelen hacer lo propio antes de recomendar la contratación de un jugador.
“La información es oro en polvo”, ¿no? Pero más de una vez subestimamos el valor o poder de la información, o acotamos la necesidad de “estar informados” a temas supuestamente muy relevantes, restándole importancia a otros que más de una vez nos podrían ayudar a estar más cerca de las necesidades de los integrantes del plantel.
Estar en el detalle da un plus casi tan importante como el darle confianza al jugador. Es que solo estando en el detalle un cuerpo técnico puede saber o comprender las razones de tal o cual comportamiento de un deportista.
Cuando el jugador / a parece que está en otra cosa, es porque algo le está pasando, y tener aceitados los mecanismos de acercamiento para que esta /a se pueda expresar, es vital para conocer de que se trata aquello que lo distrae, para a partir de allí, poder comprenderlo y ayudarlo para que ese motivo de distracción atente lo menos posible contra su rendimiento deportivo.
En definitiva, de eso se trata, ¿no? La vida no es un lecho de rosas y en mayor o menor medida, siempre algo nos afecta y nos saca del eje, y la información puede oficiar de mecanismo preventivo para anticiparnos a algunas situaciones.
Un jugador / a “con la cabeza en otro lado" no puede poner el foco en mejorar su rendimiento, en atender a un sistema táctico especialmente preparado para el partido que se viene o, incluso, en meterse de lleno en el proceso de recuperación de una lesión. Precisamente, porque tiene la cabeza en otro lado. Y no estar debidamente informado puede desencadenar que sus desatenciones, en lugar de una situación de contención, lleven a cuerpo técnico y compañeros a fastidiarse, y por ende a no saber como ayudarlo para que “vuelva”.
La energía contenedora del grupo es importantísima para que el jugador, sintiéndose contenido y apoyado, ponga lo mejor de si para entregarse por el equipo más allá de sus problemas. Después se podrá hablar de técnicas de focalización, anclajes, ejercicios de visualización para manejar el stress y un montón de cosas más, pero la llave que abre la primera puerta es la confianza y apertura que se genere en el grupo a partir del cuerpo técnico, para que la información fluya sin barreras innecesarias que entorpezcan el flujo de la energía sanadora que trae consigo la cohesión grupal. No hay muchos registros de grandes equipos que no hayan tenido un gran grupo detrás, ¿no?

jueves, 21 de enero de 2010

El Equipo Tocó Fondo

“El equipo tocó fondo. No reacciona. Se necesita un cambio urgente”. La frase, imperativa por cierto, suele traer a colación que, ante la impaciencia o la falta de respuestas esperadas, se termine haciendo saltar el fusible más sensible. En el básquet argentino, los entrenadores suelen recambiar un par de veces a sus jugadores extranjeros buscando el ansiado click, pero si esos recambios no traen triunfos, tarde o temprano les toca a los DT dar el paso al costado. En el conflictuado y super-exigente fútbol nuestro de cada día, al no haber recambio de foráneos ni posibilidad de fichar jugadores durante el torneo, el rol de fusible queda exclusivamente en manos de los entrenadores.
En estos días, el ejemplo que copa las tapas en el mundo del fútbol es el Boca de Alfio Basile, quien parece tener la siempre temida Espada de Damocles sobre su cabeza.
La ecuación que lleva a esta situación es simple: el DT fija pautas y comienza a trabajar - los resultados, por H o por B, no se dan en la medida de lo esperado – la gente se empieza a impacientar – los jugadores empiezan a perder confianza en los lineamientos del cuerpo técnico – esa pérdida de confianza lleva a que los resultados sigan en caída – y lo que resta es una historia conocida, que suele terminar en cambio de entrenador.
La pregunta del millón es: ¿es posible volver a fojas cero en una situación como esta? La respuesta, obviamente, dependerá de cada caso, y obviamente, de la capacidad que tenga el cuerpo técnico de, primero percibir lo que está pasando, luego de encontrar la falla y en tercer lugar, de implementar conductas efectivas que produzcan el cambio, que generalmente no tiene que ver necesariamente con un cambio o la llegada de un refuerzo.
Más de una vez nos enfrentamos con Entrenadores o Cuerpos Técnicos que, por falta de capacidad para ver sus fallas o por no tener la apertura para cambiar, optan por seguir haciendo la suya y terminan “muriendo con las botas puestas”.
Y es una lástima, porque muchas veces el cambio está más al alcance de la mano de lo que parece, pero la falta de apertura para verlo, o el no tener el ángulo de observación apropiado para mirar la situación terminan jugando en contra. La dinámica del día a día suele atentar contra las chances de poder observar desde otro ángulo: El DT estará metido en cuestiones tácticas; el Preparador Físico en su función específica; el médico en la recuperación de los lesionados o lo que le marque su derrotero por esos días y así sucesivamente. Todos mirando, por imperio de las circunstancias, el árbol que tienen delante, lo que inevitablemente los puede llevar a perder de vista el bosque. En PNL (Progamación Neurolinguistica) por ejemplo, suele decirse que “el mapa no es el territorio”.
Cuando las cosas marchan sobre rieles no hace falta cambiar nada, y por ende, no suele haber necesidad de buscar otra mirada. Para que cambiar algo que funciona bien, ¿no? Pero cuando las cosas no salen, y el cambio se hace imperioso, no siempre estamos preparados para encontrar verdades y razones. Una de las funciones del Psicólogo es precisamente aportar esa “mirada desde otro ángulo”, que en algunos casos puede ayudar a prevenir que se tenga que llegar al difícil trance de tener que “morir con las botas puestas”.

jueves, 14 de enero de 2010

De Padres e Hijos

Basta sentarse un rato en una tribuna a observar un partido de divisiones inferiores de cualquier deporte para caer en la cuenta que “el padre no siempre es el mejor aliado del entrenador en la tarea de hacer de su hijo un buen deportista”.
La fauna deportiva de las divisiones menores tiene entre sus especies al popular “Padre Puteador”, una especie de lobo con piel de cordero que en la previa suele charlar animadamente y sonreir, pero que conforme avanza el partido, empieza a transformarse en un temible propalador de insultos hacia la figura del árbitro de turno; y que si el nene jugó poco o comió banco, también dirigirá sus dardos hacia el entrenador que osó no darle cancha a su vástago.
Convengamos que todos, en algún momento, nos ponemos en mayor o menor medida el disfraz de “Padre Puteador”. Dificilmente alguien zafe de ello. Sino, aquel que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra. El deporte es pasión y tener a nuestros hijos jugando incrementa considerablemente esa vertiente pasional. Pero cuando el patrón de conducta se hace reiterativo, el ejemplo que estamos dando no es el ideal.
El insulto es agresión, y el árbitro y el entrenador, en la cancha, son ni más ni menos que la autoridad a la que está sometido nuestro hijo, el mismo al que le estamos mostrando una manera poco diplomática de cuestionar, y el mismo al que en casa le exigimos respeto y educación. Hmmm…
El “Padre Puteador” es apasionado, al punto de llegar al entretiempo afónico, y entre ellos hay quienes culpa del desborde suelen ser expulsados de la cancha como si fueran un jugador. Hay “Padres Puteadores” que son conocedores del deporte que practica su hijo (en Argentina hay 40 millones de técnicos de fútbol, ¿no?), pero también los hay de aquellos que llegaron al deporte en cuestión porque al nene se le ocurrió jugar al básquet, al voley o al handball, y van aprendiendo de a poquito algunas cosas de reglamento o táctica, lo que no los inhibe a la hora de sentenciar si “la caminata estuvo bien cobrada” o si el DT eligió el sistema defensivo correcto para ese rival.
Los chicos no suelen estar preparados para absorver la presión que a veces inconciente e inocentemente les tiramos encima desde la tribuna. Los gritos, que a veces empiezan desde el primer fallo dudoso, desconcentran y atentan contra su capacidad de hacer un buen juego y disfrutar el partido. Los más chicos, porque se apichonan ante tanto barullo; y los adolescentes, porque generalmente se pasan de rosca ante el exceso de adrenalina que viene del otro lado del alambrado.
Todo esto no hace otra cosa que generar confusión en el novel deportista, que a veces no sabe que patrón seguir. Así, llegamos al padre que termina cuestionando alguna decisión del entrenador, y al DT que mira con recelo a esa tribuna poblada de padres que “no saben nada de básquet, vóley, hockey, etc”.
Las cifras millonarias que se mueven en el mundo del deporte, sumado a la pasión que conllevan los colores y la inevitable proyección que el padre hace sobre el hijo de sus logros, frustraciones y deseos, suelen producir un coctel demasiado explosivo y, por ende, difícil de manejar.
Los padres siempre queremos lo mejor para nuestros hijos, de eso no hay dudas. Pero a veces perdemos la brújula y terminamos confundiéndolos y atentando contra lo que tendría que ser, en principio, una actividad lúdica de contenido social. Porque los llevamos al club a hacer deporte para eso, ¿no?, ¿O todos tenemos un Messi, un Ginóbili o una Sabatini en la habitación de al lado?

jueves, 17 de diciembre de 2009

"Hacete Cargo"

En un país resultadista en el que se ha hecho cultura el pasarle la pelota al de al lado, una de las conductas más comunes en los grupos deportivos es exigirle a los más grandes, más reconocidos o mejor remunerados, que se carguen el equipo al hombro. Y en cierta forma, está bien. Por algo son más grandes, más reconocidos o mejor remunerados, ¿no?
Pero, ¿qué pasa cuando, por alguna razón, el funcionamiento se resiente, los “grandes o lo que fuera” no rinden en la medida de lo esperado y los resultados no se dan? La Psicología y, más aún, la dinámica de este tipo de grupos, no son una ciencia exacta, pero más de una vez nos encontramos con un equipo que, al perder sus puntos de referencia, pierde la brújula dentro de la cancha y empieza a fallar en los momentos críticos, precisamente, porque los “grandes, reconocidos o mejor pagos”, que son quienes supuestamente tienen que hacerse cargo de esos trances, no toman las mejores decisiones.
Inmediatamente, los opinadores de turno, tirarán frases como “es un pecho frío, no puede fallar en un momento así”, “con lo que gana este muchacho”, “¿qué le pasa, le tiembla el pulso cuando tiene que liquidar el partido?”, etc, etc…
Sentencias que, aunque no lleguen a oídos de los “grandes, reconocidos o mejor pagos”, están ahí, flotando en el ambiente, y empiezan a generar el efecto bola de nieve, que desencadena que: el jugador que está o se siente presionado, se propone tomar la próxima última pelota, pero cuando la tiene vuelve a sentir todo el peso del equipo sobre sus hombros y vuelve a fallar, vuelve a escuchar los murmullos (que a veces son insultos, silbidos y demás), su propio autoreproche, los retos de su entrenador, las caras de preocupación de sus compañeros, la queja de algún dirigente y tantas otras cosas más… Así, hasta que le llegue el momento de volver a tener una nueva última bola, en la que el peso acumulado seguramente volverá a jugarle en contra.
Piense… Situaciones como estas se dan a diario en equipos de todos los deportes.
A veces, las menos, el “grande, reconocido o mejor pago” tiene la suerte de acertar una de esas pelotas decisivas, y el efecto sanador del acierto le quita mágicamente el peso de los hombros, por lo que todo vuelve a la normalidad, porque el grupo vuelve a asentarse sobre sus basamentos naturales. Pero en la mayoría de los casos, no hay acierto salvador ni sanador, y la bola de nieve se hace más y más grande.
Y ahí los opinólogos apuntan hacia otro lado, pasándole la pelota al entrenador, que a veces tampoco puede desentrañar por donde tiene que empezar a desarmar la bola de nieve.
Respuestas, seguramente, habrá tantas como grupos y situaciones tengamos delante, pero a la hora de buscar una herramienta para implementar ante la mayoría de las “bolas de nieve”, una de las claves pasa por realizar un nuevo “Reparto de Responsabilidades”.
Está claro que al “grande” le está pesando decidir, pero tal vez ese peso o falta de energía tenga que ver con que tiene que hacer demasiado desgaste a lo largo del partido, tomando más decisiones en su afán por cargarse el equipo al hombro, y desgastándose más de lo necesario, lo que lo hace llegar al momento crítico sin las fuerzas ni la claridad necesarias para enfrentar ni más ni menos que “su” responsabilidad.
“Reparto de Responsabilidades”. Suena raro, pero no es tan difícil. Los “grandes, reconocidos o mejor pagos” están para poner ese plus por el cual se los llegó a considerar “grandes, reconocidos o mejor pagos”, pero cuando se trata de juego de equipo, es vital darle posibilidades de crecer y asumir responsabilidades a todos los actores, en todos los ítems que rodean a la vida del grupo (entrenamiento, convivencia, partidos, etc); porque sino, el peso se reparte mal, unos cargan demasiado y otros muy poco. El que carga poco se acostumbra a que su aporte no sea vital, y el que carga mucho a la larga se cansa y se satura.

jueves, 10 de diciembre de 2009

"Estoy Motivado"

Usted seguramente habrá escuchado frases como éstas: “El grupo está realmente motivado, los muchachos no ven la hora de salir a la cancha”; “los clásicos son partidos aparte”; o “esa cancha es un karma para nosotros, nos cuesta mucho ganar ahí”. ¿Las reconoció? Si, y sin lugar a dudas, ya estará pensando en unas cuantas más. Frases célebremente gastadas, pero que no hacen otra cosa que reflejar, a través de un lugar común, lo que está sintiendo el deportista en los momentos previos a la competencia. Obviamente, hablamos de la motivación, tema del que se ha dicho y escrito mucho, pero del cual se ha esclarecido muy poco.

“Este partido es crucial. Tenemos delante el peor rival que nos podría tocar, por lo que vamos a tener que dejar en la cancha hasta la última gota de sudor si queremos ganar, porque sino…”.

El cielo o el infierno. Sin segundas opciones. Tal y como parece dictaminarlo una sociedad profundamente resultadista, en la que prácticamente no hay lugar para los segundos, ¿no?


El mandato trae consigo toda una actitud de sacrificio y esfuerzo, donde las posibilidades de éxito se emparentan casi exclusivamente con el sufrimiento.


El entorno, generalmente, pese a su buena voluntad, no siempre acompaña: “Suerte. Ganen”. Dirán los que te quieren, esperando contribuir a ese gran esfuerzo que supone el partido. A veces, casi parecen decir “mis condolencias, por el terrible momento que vas a pasar”. Y con esa mochila sale el guerrero a la cancha, y más de una vez… Asi le va…


“Preparate como para encontrarte con un ser muy querido al que hace tiempo que no ves”, me aconsejó sanamente un amigo. La tarea que tenía por delante esa noche no era esa. No me gustaba, la predisposición que tenía hacia ella era negativa, y mi actitud era la necesaria para que todo saliera mal. Pero tomé el consejo y me preparé como para recibir a un gran amigo. Compré un buen vino, ordené la casa como para que se sintiera a gusto y me dispuse internamente para disfrutar de la velada. Y no salió nada mal, hasta podría decir que lo disfruté, pese a que no era un amigo el que vino a cenar. Claro, tampoco se esperaba la otra persona un recibimiento de esas características. Se encontró tratado como alguien querido, y tampoco tuvo que pasar por todo eso desagradable que ambos esperábamos.


En definitiva, solo se trata de eso. De que chip nos ponemos para salir a la cancha, de cómo encaramos el compromiso que tenemos delante.


Algunos dicen que no entienden por qué juegan tan bien en los entrenamientos y tan diferente durante los partidos. Como si no fuera lo mismo. Y no lo es, lo que se espera de uno y otro momento, de ninguna manera es lo mismo.


Ejemplos hay miles. En todos ellos nadie hace nada que no se deba, nadie tiene malas intenciones. Pero algo sale mal, en cuanto lo que se espera de ese momento mágico en el que se necesita de todo su ángel para que todo salga bien. Por ahí ese ángel está, y sale un juego maravilloso, pero por ahí se retira, y no se visualiza bien el por qué.


Si hablamos de música. A mi me gusta mucho Sabina, pero a veces tengo ganas de escuchar algo más polenta. Amo la música de ochentosa, pero también disfruto con mis hijos compartiendo algo de La Mancha de Rolando o La Vela Puerca. Y de tanto en tanto, no me disgusta escuchar algún bolero, y por qué no hasta algún tango. Y tal vez a usted le pasa lo mismo. Sino, pruébelo. Dese una buena panzada de algo que le guste mucho, y verá que después no querrá más. Lo mismo pasa con las comidas, y con un sinfín de cosas de nuestra vida diaria. Y esto es el ser humano, aunque parezca demasiado filosófico. Una vez que se tiene una necesidad satisfecha, aparece alguna otra.


De la misma manera, tenemos distintos tipos de energía disponible, y diferentes maneras de trabajar con ella, de utilizarla. A veces uno necesita algo liviano y alegre, otras algo denso, sólido, sostenido. A veces uno necesita tierra, pasto, verde. Otras aire, volar, delirar. Más de lo mismo no siempre es bueno, cuando uno ya tuvo lo que necesita.


Lo mismo pasa con los jugadores y los equipos. Y esto hace que una actitud que hasta hace un tiempo era buena y te llevó a ganar, pasa en otro momento a no ser tan útil o a no servir más. El equipo comienza a perder y a no entender por qué, si con esa actitud, ese entrenador, esos jugadores y la misma estrategia llegaron tan alto, sin cambiar nada ahora no consiguen los mismos resultados. Y buscan repetir más y más aquellas circunstancias, sin preocuparse por las verdaderas necesidades de este momento en particular, de esa circunstancia en especial por la que en este momento están pasando.


Falta de respeto por las necesidades. Falta de mirada hacia adentro. ¿Será que ahora necesito un rock? ¿ O será una música melódica la ideal para ayudarme a sintonizarme con lo que necesito para conseguir un desempeño armónico?


¿Cómo me tengo que preparar? ¿Cuál es el punto motivacional a tocar o la estrategia a utilizar para poder hacer un juego de los buenos? ¿Con qué ritmo o clima estoy enganchado hoy? ¿Qué clima viene de afuera y cómo puedo sincronizarlos para que durante el partido la energía fluya libremente y no sea un momento de presión y esfuerzo que solo lleve al sufrimiento?


Sin dudas, habrá tantas respuestas como preguntas uno quiera formular, pero las soluciones están más al alcance de la mano de lo que en realidad parece. Solo hace falta saber buscarlas…

martes, 1 de diciembre de 2009

Ciencia y Química


(Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia)
El Equipo Azul invierte 100 mensuales (los valores son simbólicos) en un DT; otros 100 en su Jugador Franquicia; 70 en dos jugadores importantes; 50 en dos de hombres de peso en la rotación y unos 25 en los sueldos del resto del plantel. Gasta 100 más en el resto del cuerpo técnico (asistente, preparador físico, médico, planillero, etc) y las sumas comunes a todos los equipos en hotelería, viajes e indumentaria; amén de los costos federativos, de arbitraje, instalaciones y demás; conformando un presupuesto más que interesante.
El Entrenador es un brillante estratega y sus jugadores son de lo mejor de la liga. Ergo, el Equipo Azul tiene potencial para pelear el título. Pero... ¿Hasta qué punto sirve la inversión si el Equipo no tiene la química necesaria para plasmar en la cancha su potencial técnico-táctico?
Una de las frases de cabecera en el deporte mundial es “el mejor psicólogo del plantel es el entrenador”, y en muchos casos, es cierto. El Entrenador es quien baja las pautas con que se maneja el grupo, maneja los hilos y tiempos del plantel. Decide quien juega y quien no; y decide también a que se juega o que estrategia se utiliza. Determina si se entrena o si se tiene día libre, y hasta que jugador deben contratar los dirigentes. Y por si esto fuera poco, tiene que tratar que todos los integrantes de su plantel estén preparados física, táctica y psicológicamente para salir a la cancha.
Cada integrante del Cuerpo Técnico tiene una tarea específica, pero el aspecto anímico no siempre tiene un “encargado” puntual, y la tarea se la reparten, según el caso, entre el entrenador, el asistente, el preparador físico o el médico. A veces resulta bien, pero otras veces, las preocupaciones inherentes a cada función hacen que ninguno tenga el ojo disponible para detectar problemas de esta índole, o el tiempo y las herramientas para manejarlos, y entonces empiezan a aparecer síntomas tales como:
- el jugador que está en banco y se bajonea porque no juega, provocando cierto tipo de tensión en el clima general.
- el jugador A tiene roces con el jugador B, y los dos son titulares e importantes.
- el clima entre jóvenes y experimentados no es el ideal y eso provoca que las cosas no sean tan fluidas como debieran dentro de la cancha.
- el jugador Z se pone nervioso, se saca y por sanciones disciplinarias está más afuera de la cancha que adentro; provocando que el resto empiece a mirarlo de mala manera.
- Y la lista de ejemplos podría seguir interminablemente.

Para el común de la gente, la química es algo que se da por naturaleza, pero aunque parezca mentira, "la química es algo que se puede conseguir, fabricar o mejorar", trabajando sobre las estructuras del grupo.
En algunos casos, se puede trabajar en reuniones de equipo con todo el plantel, pero también se lo puede hacer a través de apoyar al entrenador con observaciones que el propio DT o sus colaboradores no siempre pueden hacer debido a que están sumidos en su función especifica: entrenar y buscar las estrategias de juego para ganar los partidos.
Entonces... “¿Me da 2 kilos de química por favor?”