La Psicología Avanza
Por Emilio Hamilton

En
los últimos tiempos, la psicología comenzó a tomar cada vez más valor en las
organizaciones deportivas. De ser una intrusa y, en ocasiones, muy mal vista,
pasó a ser clave para entender las etapas madurativas que atraviesa un
deportista. Germán Diorio, quien trabaja con Vélez en el fútbol y Obras Basket,
es una eminencia en la materia, y explica en una extensa charla las situaciones
que viven los chicos, los profesionales y los entrenadores. Para él, la clave
está en enseñar tanto a ganar como a perder, para tratar de empezar a dejar de
lado las presiones y disfrutar más. Y deja una frase que pinta perfecto la
temática: “Si Michael Jordan erró el 50 por ciento de los lanzamientos que tiró
en toda su carrera, ¿qué queda para los demás?”.
–
¿Cuáles son las principales trabas que encontrás cuando hablás con los chicos?
– En realidad se hace muy difícil hablar de principales trabas, porque hay un
montón en todos los órdenes de la vida. En el básquet, desde que el deporte
explotó hacia resultados deportivos importantes, a la irrupción de la NBA y la
aparición del dinero, empezaron a generarse presiones que veíamos habitualmente
en el fútbol y en otros deportes. Chicos que quieren parecerse a, padres que
quieren que sus hijos se parezcan a, y chicos que quieren alcanzar un
desarrollo deportivo para el que pueden o no estar en condiciones. Esas
presiones implican que se carguen una mochila muy pesada. En términos
sencillos, lo que hace es que empiecen a presionarse demasiado por conseguir
resultados individuales o colectivos y se vayan alejando demasiado del disfrute
que necesitan. Cuando eso pasa, empiezan a jugar peor y a alejarse del sueño de
llegar a ser deportistas.
–
¿La situación varía depende el deporte que sea?
– Cada deporte es un mundo, porque tiene su núcleo social y sus espejos. Hay
diferentes situaciones y condimentos de acuerdo a cada actividad deportiva y al
momento de cada una de ellas.
–
¿Lo mental es cada vez más decisivo en el deporte?
– Sí. Si yo te dijera que no, estaría atentando contra mis posibilidades de
trabajo, pero sí, está claro, sobre todo con lo que ha cambiado el paradigma
del deportista exitoso de hoy. Yendo al fútbol, que es el deporte más popular,
el paradigma más exitoso del mundo era Maradona. Y Diego estuvo rodeado de un
montón de carencias y de situaciones donde el profesionalismo queda muy de
costado y donde el talento se impone a cuestiones físicas, a adicciones y a un
montón de cosas más. La contracara de hoy es Messi, quien tiene un perfil bajo
y muchos cuidados personales. El paradigma del deportista cambió muchísimo, y a
partir de ahí lo que importa son dos cosas que tienen que ver con lo mental.
Una es la cabeza que controla al tipo que va a tomar decisiones, como hacer una
dieta, alejarse de los problemas o tomar diversos recaudos que lo van a llevar
a hacer alto rendimiento. Y después está el plus del tipo que tiene la
capacidad de decidir a velocidad y de manera efectiva.
– En
el caso del básquetbol, si tuvieras que hacer un top tres de estímulos
negativos que pueden llegar a frustrar al chico, ¿cuáles serían?
– El factor de presión es muy importante. Creo que es lo que está arriba de
todo. Me pasa en el consultorio con todos los deportes. Llegan chicos cada vez
más chicos que no disfrutan del juego. Y no lo hacen porque quieren rendir o
responderle a alguien, a veces a un entrenador no preparado que le exige más de
lo que debería en una etapa pedagógica complicada o a un padre que quiere ser
más exitoso que el de al lado. También pasa que a los chicos les ponen
objetivos que no corresponden, como premios por hacer diez o más puntos por
ejemplo. Así hay un montón de situaciones. Son chicos que sufren una presión
muy alta.
-¿Esas
presiones que surgen pueden tener que ver con una sociedad que es exitista por
demás?
-En principio sí. Y en segundo lugar tiene que ver con que los padres nos
proyectamos en nuestros hijos, ya sean anhelos o frustraciones. Hay padres que
no jugaron al básquet o no hicieron deporte pero igual tuvieron frustraciones
en otras situaciones y quieren que su hijo cumpla metas en otros órdenes de la
vida. Le pasa al que fue albañil, taxista, almacenero o comerciante y quiere
que el chico tenga un título universitario.
–
¿Cómo se hace para modificar esa situación desde tu lugar?
– En lo individual, yo trato de trabajar para que el chico se desarrolle a sí
mismo. Generalmente, cuando caen en el consultorio vienen de la mano de los
padres. Lo que yo trato de hacer es un diagnóstico para conocer el estado de la
situación. Sin la complicidad de los padres no se puede trabajar, por lo que
muchas veces tuve que decirles que primero solucionen el problema entre ellos
para luego traer al chico. Si no, no sirve. Cuando me toca trabajar en los
clubes lo que hago es ubicar al chico en el marco y tratar de trabajar para que
tenga un desarrollo personal dentro del contexto deportivo. Todo para que sea
lo más feliz que pueda dentro de esa maquinaria que se le presenta.
-¿Con
qué te encontrás en los jugadores profesionales?
-Con lo mismo pero siete u ocho años más adelante. Lo que uno no aprende de
chico, a la larga lo sufre de grande. Yo me encuentro con deportistas de entre
25 y 35 años que a veces no saben enfocarse, no tienen claro como motivarse,
dependen demasiado del qué dirán la tribuna y el periodismo y sus niveles de
confianza todavía dependen de si lo pone o no el entrenador. Hay una cuestión
de identidad deportiva que no se trabaja con los chicos. Cuando agarro chicos
busco que desarrollen la identidad o la personalidad deportiva, cosas que van
ligadas de lo personal de cada uno. Siempre digo que la persona es más
importante que el deportista. Si el chico crece y se fortalece, el producto
deportivo será mejor. Lo cierto es que no hay trabajo de ese tipo porque los
tiempos en el deporte son cada vez más cortos. Todos quieren ganar, conseguir
cosas y proyectar jugadores y no se respetan las etapas madurativas.
–
¿Eso hace que tengas que recurrir a la historia del profesional para ver qué
sucedió?
-Depende. A veces es tomar el problema del momento para ver cómo lo solucionás.
Esas son cuestiones conductuales. Por ejemplo, siempre es más fácil aprender a
manejar a los 18 años que a los 35. Es una cuestión de adaptación. Si un chico
aprende a no sufrir presión a los 14, a los 25, cuando haya un estadio con 60
mil personas puteándolo, no le va a importar. Va a asimilar la situación de
otra manera y sabrá enfocarse más allá de los gritos del público.
–
¿La presión que se da en las categorías juveniles de fútbol se está trasladando
cada vez más al básquetbol?
-Sí. Eso es muy nocivo para el chico, porque cuando empieza a hacer su camino
necesita ir generando su propio concepto en cuanto a aprender cuando juega bien
o mal. Pero cuando hay mucho ruido el chico se distrae. Entonces, a veces el
pibe está jugando bien y el entrenador está contento, pero como los padres
gritan él se va por las nubes. También hay aspectos de autoridad básicos y muy
sencillos. Los padres le piden a sus hijos que respeten las cosas en la mesa y
sean educados con otras cosas, y después son los mismos mayores los que putean
a un árbitro o los expulsan por hacer un papelón en el medio de la cancha. Así,
el chico pasa vergüenza. Y si no le genera nada y le parece floclórico lo del
padre, él lo hará también cuando sea grande. Lo que ha cambiado es el concepto
educativo. El gran problema no es del deporte, sino de lo social.
–
¿Hay que empezar a cambiar también un poco el vocabulario para hablar con los
chicos? Es muy frecuente que se les pregunte si ganaron en lugar de si
disfrutaron.
– Sí, eso pasa mucho. Los padres a veces le preguntan si ganó y jugo bien, y
eso tiene que ver con el rendimiento. Pasa que el pibe se lleva una materia en
el colegio porque algo le está pasando, o no juega al básquet porque no está
cumpliendo algunas cosas. Pero así como antes los padres prestaban mucha más
atención a las cosas que venían del colegio porque tenían un respeto mayor por
los docentes, en el deporte pasa lo mismo. El entrenador no pone al nene y el padre
se enoja, pero no se da cuenta que llega tarde a entrenar, se escapa del
trabajo físico, tiene un mal comportamiento, no pone la actitud de otros o,
simplemente, no es tan bueno. Inevitablemente, todos los padres creemos que
nuestros hijos son fenómenos. Es natural, uno ama a sus hijos.
–
¿Existe la presión buena, bien entendida?
– Por supuesto, es la que se pone cada uno para conseguir resultados.
–
¿Puede venir del contexto también?
– Claro, puede llegar del marco cuando tiene una cuestión sana. Pasa que hoy no
hay presión sana que venga de ningún lado, porque el exitismo hace que si no
ganás no servís. Y si no servís, sufrís.
– ¿Y
qué pasa con los entrenadores a la hora de llevar adelante un grupo?
– Últimamente estoy trabajando mucho con entrenadores, dando clínicas y cursos.
Suelo ir siempre a las charlas de ENEBA a trabajar módulos específicos. Uno de
los grandes problemas que aparecen es que el entrenador sabe mucho de básquet
pero poco de manejo humano. La gestión de personas es muy importante. Si vos
escuchás a grandes técnicos como Lamas, Duró, Hernández o Magnano, ellos hablan
mucho del valor de la gestión y de cómo conducir un grupo. Después a eso le
aplican básquet. Pero todavía no se le da tanta importancia en el proceso
formativo. Cuando el grupo humano es bueno, las posibilidades de éxito son
mucho mayores.