“El equipo está para atrás, necesita un psicólogo”.
La sentencia tiene su toque de humorada, pero es a todas luces durísima. El hincha, dirigente, incluso el propio protagonista (entrenador o jugador) suelen usarla cuando la cosa no da para más, incluso cuando la tarea de reconstruir es casi imposible porque todo se fue de las manos.
El tema es que, así y todo, desgraciadamente para nosotros los Psicólogos, la cosa no suele pasar de ahí: una frase que marca una realidad pero que, salvo contadas excepciones, no tiene su correlato en la acción. Se habla de que “tal o cual (DT, jugador, equipo) es caso de diván”, pero no se levanta el teléfono para contratar un psicólogo.
No me corresponde a mi analizar los por qué. La difusión de nuestra tarea no es la mejor y se conoce muy poco de lo que puede aportar un psicólogo dentro de un plantel o cuerpo técnico, y así estamos… Lejos de la acción.
A esta altura, el título de la nota parece haber quedado en el olvido, ¿no? “El Valor de la Prevención”. Pero aquí voy…
Generalmente se hab
la del Psicólogo en situaciones como la citada líneas arriba. En medio de la crisis, cuando el equipo o el jugador en cuestión ya están totalmente fuera de su eje natural. Son realmente pocos los que piensan que, sumándolo en el inicio del proceso se puede ayudar a prevenir un montón de situaciones negativas.
Muchos de los proyectos que dan vueltas por ahí hablan de temas como “Manejo del Stress y las Presiones”, “Concentración y Foco”, “Optimizar la Comunicación”, “Armado de Grupos”, “Manejo de Crisis”, etc… Los míos también eh… Pero generalmente, cuando uno presenta este tipo de propuestas, difícilmente los encargados de decidir le den prioridad, porque en nuestro país deportivo (y no solo deportivo) impera la cultura de “si anda bien, ¿para qué tocarlo?”.
En muchas estructuras se contrata al Médico para tenerlo a mano para cuando se produce alguna lesión, descuidando o desestimando el aporte que puede hacer el “doc” en todo lo que tiene que ver con la prevención. Llamamos al nutricionista para que controle a los gorditos o haga engordar al flaco que promete, y así con muchos factores por el estilo. El tema es que cuando llegamos al Psicólogo, la cancha está tan embarrada que a esa altura ya las decisiones a tomar apuntan a cambiar al Entrenador.
¿Qué puede ayudar a prevenir un Psicólogo? Y, en primer lugar, tenerlo a mano, integrando el cuerpo técnico – médico le dará la familiaridad necesaria para sacarlo del mote de “cuerpo extraño” con que suele vérsenos en muchas estructuras deportivas, y esa familiaridad, ese estar a mano, será la llave para que el deportista se acerque en busca de apoyo, de la misma manera que lo hace con el PF cuando no se siente bien físicamente, o como lo hace con el médico cuando tiene algún problema, lesión o similares.
El deportista es un ser humano, y los humanos sufrimos angustias, ansiedades y depresiones, que suelen desembocar en insomnios, somatizaciones, trastornos de desconcentración, irritabilidad, temores, y tantas cosas más.
Un jugador mal dormido difícilmente pueda rendir a pleno, y obviamente, producto del cansancio estará propenso a lesionarse.
Todos somatizamos algo alguna vez, dolores que aparecen y no tienen una causa física real y que se transforman en molestias que nos dejan sin entrenar o nos limitan a la hora de salir a la cancha.
Si la angustia, la ansiedad o la depresión ganan la partida, la cabeza está en otro lado y el nivel de concentración baja considerablemente, lo que provoca desatenciones tácticas o fallos inesperados que pueden costar partidos y campeonatos. Y ni hablar del jugador que está irritable y se hace expulsar tontamente, ¿no?
Nos acordamos del Psicólogo cuando las cosas no funcionan. En términos de grupo, cuando están todos peleados por ejemplo. Y del mismo modo que “estando a la mano” se pueden prevenir estos trastornos individuales, ese “formar parte” nos permite conocer el grupo a fondo y poder anticiparnos a las crisis, para ayudar al Entrenador a manejarla a gusto, a diferencia de lo que implicaría el “pilotearla como pueda”.
Prevenir. La clave para evitar que esos mismos trastornos típicamente humanos que nos afectan en la vida cotidiana, se trasladen a la cancha, donde el deportista, además de responder a un contrato, presiones por resultados, ilusiones populares y demás, debe luchar contra sus propios problemas, porque, recordemos, se trata ni más ni menos que de un ser humano como vos, o como yo…
"Ciencia y Quimica" tiene el placer de intercambiar links y afecto a la distancia con "La Bitácora del Doctor Ucha", el Blog del prestigioso Doctor en Psicología cubano Francisco García Ucha, una via preferencial para encontrar informacion acerca de la Psicología del Deporte.
http://ucha.blogia.com/
Todo equipo necesita un líder. Es más, todo equipo tiene un líder… Hay líderes buenos y malos, positivos o negativos. Y en la calidad de sus líderes reside gran parte de las chances del equipo de alcanzar sus metas. Así le va al País, ¿no? Superpoblado de líderes más interesados en
el beneficio individual, la carrera de egos o la lucha por el poder que en el bien común. Y los planteles deportivos no son la excepción a la regla. Los hay integrados por líderes positivos que los llevan hacia adelante, pero también se ven (y mucho) aquellos que tienen en sus filas líderes o jugadores de renombre, que por estar más preocupados por hacer “la suya” que por ayudar a encauzar al grupo, terminan siendo casi casi una manzana podrida.
El primer líder que salta a la vista en un grupo deportivo, generalmente, es el entrenador, quien por peso específico y funciones es la autoridad saliente en el equipo. En algunas estructuras suele verse también la figura de un manager o un dirigente de peso. Pero el punto crucial de nuestra historia apunta a los líderes dentro del grupo propiamente dicho.
El líder es aquel que, en cierta medida, marca los tiempos en la convivencia de un grupo; de allí que sea tan importante el ojo clínico del reclutador a la hora de escoger los jugadores que van a integrar un plantel.
Si de citar máximas se trata, es difícil recordar algún gran equipo que no haya tenido un gran líder, y en este rubro no hablamos específicamente del caudillo que hace escuchar su voz, ya que mandar o gritar no es condición excluyente para ser considerado como tal.
Antaño se relacionaba directamente al líder con “la voz cantante”, el grito o reto en el momento oportuno. Pero también con algunos privilegios cuanto menos cuestionables; como zafar de algún trabajo físico o gozar de algunas diferencias en el trato o la convivencia.
Un buen líder puede ser ejemplo y dejar su sello aún sin gritar, ya que su impronta lo hace importante aún en el silencio. El líder no necesariamente es el jugador más grande, de mayor trayectoria o talento, tampoco el goleador y ni siquiera el más remunerado.
El líder positivo marca los tiempos con actitudes concretas. Es habitualmente el primero en llegar al entrenamiento y uno de los últimos en irse. Está atento a las necesidades de sus compañeros. Pone la cara por el grupo en las malas y es generoso para compartir los flashes y los elogios con sus compañeros en los momentos de gloria.
Las supuestas peleas internas producto de un liderazgo débil de parte de dirigentes, capitán y de los propios jugadores, fueron la gran diferencia entre la España campeona de la Davis 2008 y una Argentina que, con todo y viento a favor (Del Potro, Nalbandian y el peso de la localía) se quedó con las ganas de ganar su primer ensaladera.
Las diferencias entre sus máximos referentes dejaron al costosísimo plantel de Boca sin Clausura ni clasificación para la próxima Copa Libertadores; y ni hablar de lo que le costó a la Selección de Maradona (y antes de Basile); transitar por las Eliminatorias para Sudáfrica 2010.Historia diferente la del básquet, ¿no? Donde parece que cada uno tiene claro su rol, desde el entrenador hasta el jugador más joven o de menor protagonismo. Donde la cultura del trabajo y la solidaridad están muy por encima de los egos que podrían nublarle la vista a figuras millonarias (y no hablo solo de cuentas bancarias). Donde entrenar y cumplir horarios como si fuera uno más es más importante que cualquier otra cosa. Eso, decididamente, marca a fuego la intimidad del grupo, porque si el NBA es quien más se entrena, el primero en pisar el comedor y acatar las pautas de convivencia, aquel que nunca le escapa a los micrófonos en las derrotas y que se pierde en la maraña de abrazos dejando que otros tomen primero el micrófono cuando se gana, ¿cómo no va a “portarse bien” aquel que disfruta de su primera convocatoria?
Y con líderes así, el camino hacia el éxito es mucho más sencillo. Después habrá que ponerle táctica, estrategia, talento y temperamento, pero si el grupo está en buena sintonía, todo es mucho más fácil, ¿no?
Esta fue la primera nota del Blog, allá por diciembre pasado, pero ahora, con las temporadas de muchos deportes a punto de comenzar vuelve a cobrar vigencia...
(Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia)
El Equipo Azul invierte 100 mensuales (los valores son simbólicos) en un DT; otros 100 en su Jugador Franquicia
; 70 en dos jugadores importantes; 50 en dos de hombres de peso en la rotación y unos 25 en los sueldos del resto del plantel. Gasta 100 más en el resto del cuerpo técnico (asistente, preparador físico, médico, planillero, etc) y las sumas comunes a todos los equipos en hotelería, viajes e indumentaria; amén de los costos federativos, de arbitraje, instalaciones y demás; conformando un presupuesto más que interesante.
El Entrenador es un brillante estratega y sus jugadores son de lo mejor de la liga. Ergo, el Equipo Azul tiene potencial para pelear el título. Pero... ¿Hasta qué punto sirve la inversión si el Equipo no tiene la química necesaria para plasmar en la cancha su potencial técnico-táctico?
Una de las frases de cabecera en el deporte mundial es “el mejor psicólogo del plantel es el entrenador”, y en muchos casos, es cierto. El Entrenador es quien baja las pautas con que se maneja el grupo, maneja los hilos y tiempos del plantel. Decide quien juega y quien no; y decide también a que se juega o que estrategia se utiliza. Determina si se entrena o si se tiene día libre, y hasta que jugador deben contratar los dirigentes. Y por si esto fuera poco, tiene que tratar que todos los integrantes de su plantel estén preparados física, táctica y psicológicamente para salir a la cancha.
Cada integrante del Cuerpo Técnico tiene una tarea específica, pero el aspecto anímico no siempre tiene un “encargado” puntual, y la tarea se la reparten, según el caso, entre el entrenador, el asistente, el preparador físico o el médico. A veces resulta bien, pero otras veces, las preocupaciones inherentes a cada función hacen que ninguno tenga el ojo disponible para detectar problemas de esta índole, o el tiempo y las herramientas para manejarlos, y entonces empiezan a aparecer síntomas tales como:
- el jugador que está en banco y se bajonea porque no juega, provocando cierto tipo de tensión en el clima general.
- el jugador A tiene roces con el jugador B, y los dos son titulares e importantes.
- el clima entre jóvenes y experimentados no es el ideal y eso provoca que las cosas no sean tan fluidas como debieran dentro de la cancha.
- el jugador Z se pone nervioso, se saca y por sanciones disciplinarias está más afuera de la cancha que adentro; provocando que el resto empiece a mirarlo de mala manera.
- Y la lista de ejemplos podría seguir interminablemente.
Para el común de la gente, la química es algo que se da por naturaleza, pero aunque parezca mentira, "la química es algo que se puede conseguir, fabricar o mejorar", trabajando sobre las estructuras del grupo.
En algunos casos, se puede trabajar en reuniones de equipo con todo el plantel, pero también se lo puede hacer a través de apoyar al entrenador con observaciones que el propio DT o sus colaboradores no siempre pueden hacer debido a que están sumidos en su función especifica: entrenar y buscar las estrategias de juego para ganar los partidos.
“¿Me da 2 kilos de química por favor?”
Cuántas veces escuchamos a un jugador decir, en clara alusión al DT que lo está confinando al banco de suplentes, que: “Si no le pregunto por qué me pone, no le voy a preguntar por que no me pon
e”.
Se supone que el deportista justifica su comportamiento en los “códigos” del deporte, aquellos postulados misteriosos y a veces pasados de moda en esta era gobernada por iphones y blackberrys, a través de los cuales el mismo deportista le da a conocer su pensamiento instantáneamente a miles de personas a través de facebook, twitter y vaya a saber uno cuantas herramientas más. El choque entre los viejos valores y los nuevos comportamientos a veces nos lleva a la confusión, entonces el árbol nos tapa el bosque y nos terminamos atando a códigos que nos empujan a un silencio nocivo, no solo para las chances del jugador de salir del banco o al menos enterarse de por qué está donde está, sino también para el grupo, al que tarde o temprano le llegará la onda expansiva del malestar que aqueja a tal o cual compañero. Los viejos códigos dicen que “no se debe preguntar”, pero si no pregunto no me entero de las razones que me tienen en una situación incómoda, y si no me entero, no se qué debo cambiar, y generalmente, cuando uno no sabe qué tiene que cambiar, tiene muchas chances de equivocar el camino y seguir haciendo aquello que lo llevó a estar en esa incómoda situación.
Entonces… ¿No será más productivo preguntar? Con respeto, sin exigencias, aceptando la autoridad de aquel que está en un escalón superior en la cadena de mando (el jefe, ni más ni menos).
A veces, esos supuestos “códigos de silencio” lo que están ocultando es nuestro temor por encontrarnos con una realidad que no nos gusta. La pregunta nos pone ante una respuesta, y esa respuesta puede tener mil matices. En algunos casos, lo que estamos evitando es que nos pongan en palabras algo que sabemos pero queremos mantener oculto (“tenés que trabajar mas en la semana” o “tenés que mejorar tal o cual faceta de tu juego”), porque mientras esté oculto podemos seguir postergando “entrar en acción”.
Otras veces, el silencio viene de la mano de la poca comunicación que hay con el entrenador o su equipo de trabajo. Y en todos los casos, el silencio no suma, resta, porque ambas partes (entrenador y jugador) se están privando de conocer el otro lado de la historia (el silencio priva al DT de saber que el jugador tiene muchas ganas de recuperar su lugar y que está dispuesto a hacer lo que sea para lograrlo; y del otro lado, le quita al jugador la chance de conocer las razones que lo llevaron a perder el puesto y que cosas debería hacer para mejorar su rendimiento y recuperarlo).
La personalidad o perfil del Entrenador a veces no ayudan a fomentar el dialogo. Otras veces se habla mucho, pero solo de temas intrascendentes o no inherentes a lo que más nos interesa: el equipo. Y también se da que hay cuestiones de feeling o piel que también atentan contra las posibilidades de expresarse.
Y allí es donde empieza a cobrar valor el “Equipo de Trabajo”, “El Equipo detrás del Equipo”. En la diversidad se amplian las posibilidades de encontrar una persona con quien hablar de algunos temas.
Hay Equipos de Trabajo que, por su filosofía y formación, tienen claro como optimizar estos canales para evitar que los jugadores entren en este tipo de callejones sin salida, pero a veces, la visión de un Psicólogo, despojada de otras urgencias como en pensar en la táctica, la preparación física, la logística, etc, puede ser de gran ayuda para aportarle al Entrenador y a su Equipo, otras herramientas para anticiparse a este tipo de situaciones. Anticipar, Prevenir… Si mi rival no recibe, no puede jugar… Si me anticipo o prevengo una situación que podría ser conflictiva, no hay problema y toda la energía del Equipo seguirá enfocada en pos de los objetivos y metas trazadas, sin distraerse en el camino en este tipo de situaciones…
No todos los días se puede festejar un Campeonato, pero que lindo es, ¿no?
No me gusta escribir en primera persona del singular (manías de viejo periodista), pero no hay muchas maneras de expresar la alegría que viene de la mano en este tipo de situaciones. Las chicas de Velez
ganaron su cuarta Liga Nacional de básquet femenino y puedo decir con orgullo que fui parte de esa gesta y me gané un lugarcito en la foto.
Insertarse en un equipo campeón (Velez venía de ganar la Liga Nacional y dos Metropolitanos en el 2009) no es fácil. Mucho menos para un Psicólogo, que de por si debe luchar con los prejuicios del “¿para qué sirve?” y tantas otras cosas más. En este caso, potenciado por el hecho de que se trataba de insertarlo en un grupo por demás exitoso, lo que provocaría inevitablemente que alguno preguntara, tal vez con razón, si “¿no sería perjuicial?” o que los cabuleros lo tildaran de mufa ante el primer tropiezo.
Bueno, por suerte, no pasó nada de eso. Tanto los dirigentes como el Entrenador Jefe pensaron en sumarle un plus a su equipo de trabajo, y a partir de allí solo me quedó la grata tarea de sumarme para tratar de aportar mi granito de arena. En febrero, cuando comenzó este camino que hoy nos tiene festejando, me presenté con este artículo, que no hace otra cosa que expresar algunas de las cuestiones por las que defiendo el rol del Psicólogo en el mundo del deporte.
“NOS TRAJERON UN PSICOLOGO”
La frase puede sonar de diferentes maneras y, por ende, tener distintos tipos de interpretaciones. La Psicología Deportiva no está muy desarrollada en la Argentina, por lo que la presencia de un Psicólogo en el Cuerpo Médico de un Plantel Deportivo no siempre suena del todo bien, y es comprensible.
Lo primero que hay que saber es que, más allá de lo que dice la “sabiduría popular”, Psicólogo no es lo mismo que “Loquero”, y que el hecho que se haya convocado o sumado un Psicólogo no tiene relación directa con que “estas chicas están todas locas”. Ni ahí.
En términos prácticos, el Psicólogo Deportivo no es otra cosa que un integrante más del Equipo de Trabajo que encabeza el Entrenador Jefe, por lo que trabajará mancomunadamente con asistentes, preparadores físicos, medico, kinesiólogos, dirigentes y utileros, tratando de aportarle lo que esté a su alcance al deportista para que pueda desarrollarse mejor.
La función principal es “estar a la mano” para que cualquier jugadora pueda acudir a charlar libremente de cualquier tema que pudiera estar afectándola en su rendimiento. Obviamente, el Psicólogo no está para hablar u opinar acerca de si es bueno o malo un sistema defensivo, cuantos kilos hay que cargar en la barra para hacer sentadillas o como realizar un estribo en un tobillo maltrecho. Pero si puede ayudar a trabajar sobre aquellos temas o situaciones que les impidan rendir al cien por ciento durante entrenamientos o partidos.
Más de una vez, llegamos al club con la pesada mochila de algún problema personal que nos impide disfrutar de la práctica deportiva, lo que nos lleva a estar de malhumor, con la cabeza en otro lado, provocando indirectamente con mi actitud que algún ejercicio salga mal o que una compañera se distraiga preocupada o molesta por mi “estado”. Entonces, la práctica empieza a perder algo de ritmo, no estoy atenta a los ejercicios ni a los sistemas, la pelota no entra, me empiezo a fastidiar y lo que tendría que ser una hora de placer y disfrute (porque todos hacemos deporte para pasarla bien, ¿no?) termina siendo una prolongación o arrastre de algún mal momento anterior.
El Psicólogo puede ser una rueda de auxilio para ayudarnos a encarar algunas situaciones de la vida manera tal que no nos afecten a la hora de hacer una de las cosas que más nos gusta: jugar al básquet.
La serenidad y la concentración, al igual que un sistema defensivo, la técnica de lanzamiento, el trabajo físico en pista o gimnasio o la implementación de una buena dieta, SE TRABAJAN. Si, uno puede trabajar para poder manejar la ansiedad y así poder rendir a pleno y disfrutar del deporte. El mundo del deporte ha crecido increíblemente en muchísimos aspectos. Las tácticas han evolucionado, los físicos son diferentes, ha cambiado la alimentación e incluso la indumentaria. Todo en base a trabajo, investigación y especialización Hoy nadie quiere dar ventajas, y la Psicología Deportiva es una herramienta más que nos puede ayudar a optimizar el rendimiento deportivo.
Más de una vez, al observar a una persona hablando sola en voz alta, se nos habrá escapado un “está loco”, pero la única diferencia que separa a ese pobre loco de nosotros es que está emitiendo sonidos, porque todos, en mayor o menor medida, mantenemos diálogos con nosotros mismos.
Es que siempre estamos pensando, por lo que inevitablemente siempre nos estamos diciendo cosas… Cosas que a veces nos ayudan a enfocarnos o motivarnos, y otras nos juegan decididamente en contra.
“Uhhh, otra vez este arbitro. Siempre que nos dirige perdemos”, “usar la camiseta suplente nos trae mala suerte”, “nunca pudimos ganar en esta cancha”, “nunca juego bien con sol, viento, lluvia o lo que fuera”… Y podría seguir enumerando sentencias de esas que invariablemente aparecen en nuestras charlas con nosotros mismos antes, durante o después de un partido, y que más allá de que a nadie le gusta sabotearse, no hacen otra cosa que atentar contra nuestra propia capacidad de concentración o enfoque.
El lenguaje es el lente a través del cual le damos significado a todas las cosas de la vida, y hacer un uso positivo del mismo nos ayudará a encarar las tareas que tenemos por delante de una manera diferente y seguramente más cercana a nuestros deseos de éxito. La clave, entonces, pasará por cómo nos tomemos nosotros la tarea que tenemos que encarar, a partir de los condicionantes que se nos pudieran presentar, y en ese camino, no es lo mismo entrar a la cancha pensando “nunca podemos ganar en esta cancha”, que hacerlo pensando que “hoy es una buena oportunidad para romper la mala racha jugando acá”.
Parece una tontería, pero no lo es, porque más allá de este caso puntual, a diario nos cargamos a nosotros mismos de sentencias negativas que nos tiran para abajo en lugar de impulsarnos hacia arriba. Siempre nos estamos diciendo cosas, porque difícilmente nuestra mente esté en blanco, y los pensamientos y las palabras tienen el poder para crear las vivencias o sensaciones que deseemos, así como también aquellas que querramos evitar. De allí que sea tan importante educar y entrenar nuestra capacidad de dialogo con nosotros mismos. 
El auto-diálogo puede servir para motivarnos (“dale que podés”), para enfocarnos (“no pierdas la marca”), darnos instrucciones técnicas (“no abras el codo al tirar”), para relajarnos (“tranquilo, falta mucho”) o para insultarnos cuando algo no sale y apelamos a tocar nuestra propia fibra o necesitamos una descarga gutural. Cada uno tiene su propia manera de comunicarse consigo mismo, pero ello no quiere decir que no existan varias cosas que uno pueda hacer para mejorar esta aptitud.
El primer paso es tratar de tomar conciencia de que tipos de cosas nos decimos mientras jugamos. Básicamente si nos alentamos cuando las cosas no nos salen bien o si nos convertimos en un juez implacable y exigente de esos que te sacan las ganas de estar en cancha. ¿Y qué pasa cuando las cosas van bien? ¿Mantenemos la calma o empezamos a darnos besos frente al espejo? Es común no prestar atención a nuestros patrones de auto diálogo, sencillamente porque son algo adquirido y establecido que opera casi automáticamente.
En segundo lugar, debemos tratar de identificar como nos afectan los pensamientos positivos y negativos que solemos tener en etapa de competencia o precompetencia, ya que gran parte de estos pensamientos (en especial los negativos) actúan como una profesía que, inconscientemente, termina llevándonos a actuar en dirección a ella.
Y el tercer paso consiste en, una vez identificados los diálogos o frases que nos sacan del eje sobre el que construimos nuestro mejor rendimiento, aprender a reemplazar esos diálogos o sentencias negativas por otras que nos ayuden a adoptar una perspectiva más positiva, que nos permita tomar el juego como un desafío en lugar de cómo algo imposible de afrontar. En esta tarea, es saludable evitar los absolutismos como “nunca” o “siempre”, cambiándolos por frases que nos dirijan hacia donde queremos llegar (“lo voy a sacar de la cancha con el saque”) o que nos den la tranquilidad (“vamos pelota por pelota”, “paso a paso” o “punto por punto”). Pensar en positivo sirve para escaparle a las sensaciones feas, que nunca son un buen aliado para el deporte, actividad en la que uno suele necesitar foco, creatividad, intensidad y un sinfín de aptitudes que van más con lo positivo y buena onda que con lo negativo.
Mejorar el dialogo consigo mismo es una herramienta importante en la preparación psicológica del deportista, al punto que puede ayudarnos a cambiar notablemente nuestro juego y, fundamentalmente, nuestra respuesta en situaciones difíciles. Obviamente, no es algo que se consiga de un momento para otro, y al igual que mejorar la efectividad desde la línea de foul, el cabezazo ofensivo, el smash o el bloqueo, requiere entrenamiento y esfuerzo.